El conejo que retó al sol (cuento)

—Solecito rico y cálido del mediodía: escúchame y ven a mi encuentro, que besarte yo quiero. Te admiro y te respeto,… ¡Solecito cálido y rico del día entero!

Así, tarde tras tarde, el conejo blanquecino subía a su mismo pedernal para rogar al sol que bajara y se lo llevara consigo.

 

I

El conejo había recorrido medio mundo conociendo amigos, buscando aventuras y hallando así, mil solicitudes. Se había encontrado con la maldad de los hombres, con el infortunio del hambre en los días sin suerte, y con la soledad que otorgan los viejos caminos. Había vagado en busca de una novia, sin embargo, se hallaba escaso de amores; anduvo tras una amistad verdadera, pero únicamente la empolvada sombra de sus pasos le había dicho que no era extraño ver mundo por gusto. Los demás, en cambio, de necio no dejaban de tacharle.

Ah, pero eso sí, sólo alguien estuvo con él durante esas mañanas de soledad ambigua; un único acompañante en los ratos de difícil andar de aquí para allá sin compañía alguna. Solo y tan solo uno, siempre al compás de sus andanzas: ese rico y cálido Solecito de la mañana, de la tarde y del día entero.

¡Cuántas veces sus cálidos rayos le provocaron ese sudor tan rico que significa caminar al aire libre! Y cuántas más le sirvió para secarse y calentarse luego de la intensa lluvia. Qué buen amigo era ese Solecito cálido y rico de todo el día, ¡sí señor!

Y por eso, tarde tras tarde, sueño sobre sueño, el conejo pedía al astro rey que se lo llevara consigo. Alguien caluroso y constante como él, no podía ser mal amigo, por lo que el conejo sentía sinceras sus esperanzas.

Ya los seres de la tierra le habían cansado con sus repetidas mentiras, (¡qué curiosa resultaba la gente! Todos mentían mientras en el fondo no deseaban escuchar mas mentiras… ¡Qué risa!); y por ello, tal era su petición, su demanda diaria: “Solecito rico y cálido del mediodía, escúchame y ven a mi encuentro, que besarte yo quiero”. Y es que aquel conejo era tenaz para conseguir sus sueños.

Cuando el día tornaba en oscuridad, el conejo soñaba despierto con el momento de su ascensión a los cielos (seguro, el sol un día haría caso a sus ruegos): entonces se imaginaba mirando las estrellas frente a frente, y rodeando a las nubes en lugar de mirarlas por debajo. Pensaba cuán verdes se verían los amplios pastizales y cómo deslumbrarían de oro los trigales. Soñaba con esos días e imaginaba paraísos extraordinarios llenos de ángeles que lo rodeaban y lo trataban de loco entre los locos, de soñador entre los soñadores. Los astros serían sus guías y los planetas sus confidentes.

Y deseaba tanto aquello, que varias veces intentó llamar a la elegante Luna para hacerle iguales peticiones que al astro rey, pero al verla tan inmaculada, envuelta en su manto plateado, tan suave, tan virtuosa, nunca se atrevía a molestarla de su letargo en blanco, así que tan sólo se conformaba con admirarle extasiado, embelesado por su belleza. Y siempre, encima de sus finas orejas, el cielo se estrellaba de manera más que impresionante.

 

II

Hasta que un día, cansado de hacer súplicas que parecían carecer de sentido y, sobre todo, de un oyente real, el conejo montó en humilde desesperación y así declaró su respingo y reclamo al sol:

—¡Sol! ¡Imponente y soñado Sol! Tú que perturbas mis sueños con tu magnificencia: ven y escúchame, ¡te lo pido!… como un abrazo pide a un amigo.

El día que nublado había, se comenzó a iluminar: rápidamente acudieron a su llamado tonos rojizos y violetas, y el cielo se transformó en un azul intenso, en medio de una increíble sinfonía de color. Y de pronto, el día era doblemente día.

Salió curioso de aquel conejo y sus extrañas peticiones, el tan ansiado rico y cálido Sol del mediodía. Primero asomó sus rayos uno a uno, luego su preciosa y dorada calva, para finalizar mostrando su rostro redondo y congestionado de risa. Vio al conejo con tono serio, se dirigió a él con mirada reflexiva:

—¿Acaso fuiste tú, quien me llamó, a mí? —lo dijo muy lentamente con aquel vozarrón de siglos.

—Sí, he sido yo quien a vuestra luminosidad ha llamado, —contestó el conejo enfundado en la mayor humildad que le fue posible.

—Tú, simple conejo, ¿osaste apartar mi atención de mis deberes cotidianos? —refunfuñó el astro — ¿Y para qué? Si se puede saber… —terminó tajante.

—Disculpa la interrupción, mi Señor, pero has de saber que toda mi vida he buscado a una leal compañía, y a cambio la vida me ha hecho beber mi agua en soledad —inició el implorante, —sepa usted que he buscado una pareja, sin embargo no he encontrado más que penas; he viajado y recorrido mundo, he estudiado y aprendido mucho, quiero y deseo servir, pero tan sólo de burla y loco he servido a quienes arrojan una sarcástica risita a mis espaldas. Estoy cansado, mi Señor, harto de un mundo tan cruel y frío, harto de un mundo sin poesía ni melodía, harto de un mundo que reniega la inocencia y la tachan de tontería. Estoy harto… harto cansado.

El conejo suspiró unos instantes y continuó:

—Por ello imploro a vuestra majestad, el Sol, para que me lleve consigo, para que me haga parte de su vida, de su entorno y de su calor, porque usted, ¡rico y cálido Solecito del día!, siempre acompañó e iluminó mi caminar, porque usted siempre ha calentado mi espalda y mi lecho al amanecer, porque usted es mi guía, mi aviso de un hermoso día más que amanezco vivo. Por todo esto ruego a usted me deje estar a su lado por siempre, como siempre lo he amado.

El sol, de quien todos esperaríamos otro tipo de respuesta, comenzó a carcajearse de forma tan estruendosa ¡que hasta los pingüinos del norte le oyeron!

El conejo extrañado ante tales gestos, se quedó enmudecido un momento, para luego, inseguro total, comenzar a soltar unas risitas que creyó eran lo correcto, sin embargo, se preguntaba qué había dicho que resultase tan gracioso para el astro rey.

Después de minutos seguidos de carcajadas, el sol se calmó y volteó a ver al conejo con mirada aterradora, y tuvo a mal en decir las siguientes palabras (ya tendría una eternidad para arrepentirse):

—¿Qué? ¿Llevarte conmigo? ¿A ti, simple y mortal conejo? ¿Acaso no comprendes lo que el sol es? —su ego se inflamó al igual que su voz: —El sol es la máxima fuente de calor, de alegría y de fuerza para todo el universo. Es la inspiración del poeta, la fuerza del andante, la vida para las plantas y el Dios para toda la humanidad… Soy magnificencia de colores y regidor total, soy el astro rey, y no un simple transporte de conejillos que de su suerte desean escapar. ¡Deja de molestarme insensato, que tengo asuntos importantes que atender! —suspiró profundo y terminó asqueado: —Bah… ¡conejos!

Y luego de estas palabras pretensiosas a cual más, comenzó la retirada del lugar.

El conejo se quedó estupefacto un buen rato: no podía creer lo que oyeron sus largas orejas. El sol era un engreído. Aquel Solecito rico y cálido del mediodía, a quien tanto amo y creyó su verdadero amigo, era en realidad un patán que embrutecido con su gran papel, se había vuelto un presumido y desquiciado hablador que, lejos de ser su amigo, trataba de ser su salvador.

Despertó el conejo de sus pensamientos, y corriendo hacia donde se retiraba el sol, le gritó de nuevo con más coraje que nunca:

—Sol, Sol… ¡Sol!

El sol se detuvo y enfurecido lo encaró, pero antes de que pudiera recriminar algo, fue interrumpido por el antes implorante ahora convertido en reclamador:

—¡Nunca lo hubiera creído de ti, sol! Tú que un día fuiste todo bondad para el mundo, tú que un día fuiste el dador de felicidad, ahora eres el insensato más grande que hay. Me juzgas por mi tamaño y no por lo que soy: me juzgas por mi apariencia y no por lo que sé. No soy tan sólo conejo: filósofo y buen amigo puedo ser. Darte momentos felices, ser tu confidente y quitar los demonios del sueño en las madrugadas. Soy más de lo que parezco y dejar de amarte no quiero, ¡no me des motivos para hacerlo!, Solecito rico y cálido del mediodía… ¡y del día entero! —terminó el conejo ya medio ahogado por sus lágrimas.

El sol, que no había perdido su alma mas sí su valor, no dijo nada. Dio la vuelta y se marchó, dejando a nuestro conejo sumido en tan honda tristeza que daba pena mirarlo. El crepúsculo purpúreo se colmaba a lo lejos y el periodo de la luna comenzaba a llegar. Algunas palomas volaban ante los rojizos tonos que escasamente iluminaban el cielo.

Y mientras el conejo cabizbajo, llorando. Llorando.

El conejo, que de pocas palabras era, luego de no hallar respuestas en su cabeza, se quedó callado, atontado, lloroso y pensativo. Tal como lo dejó el sol, permaneció durante horas; inmóvil. Hasta que un rayo de luna lo sorprendió.

Eran épocas en que no había noches ni días: los colores revoloteaban locamente por los mares del infinito, y el sol y la luna se turnaban para velar al mundo. De pronto todo era sol, y cuando éste se cansaba, su compañera luna venía a su auxilio y ayudaba a proseguir la observación del mundo. Era algo impreciso, y por tanto, como he dicho, no había noches y menos días.

 

III

De repente despertó nuestro amigo, y ante la desesperación de lo sucedido, comenzó a correr como un desquiciado por donde fuera, a donde llegara: trataba de olvidar las necias y devastadoras palabras de su antiguo solecito rico y cálido del mediodía, convertido ahora en agobiante y rotundo patán dorado.

Trataba a cada salto de pasar por encima de sus escasamente adquiridas impresiones, trataba a cada paso de escapar a su vida y a su tristeza nauseabunda, trataba, trataba de olvidar, pero sólo trataba, pues el dolor ni con pasos ni con letras se olvida, tan sólo los años o alegrías nuevas pueden lograrlo.

Podría escribir libros enteros,
versar largas poesías,
podría pintar valles completos
o sentarme y rezar todo el día.

Sin embargo nuestro héroe podría jamás podría
olvidarse de aquella mañana y de su amistad perdida.

Tan sólo el tiempo puede decidirlo:
perdonarle la pena y darle la oportunidad
de encontrar otro hermoso lugar
para encontrarse al fin, un hermoso amigo.

Corrió así nuestro amigo por horas y por valles, y por todas partes, y por ninguna razón se detuvo más que por el cansancio.

Cuando hubo dejado salir toda su ira aunada a sus grandes fuerzas de explorador de mundo, se detuvo y comenzó a llorar amargamente. Tan amargamente que los cielos lloraron con él: para apoyarlo, para abrazarlo, para no dejar morir a un corazón tan extraordinario.

Llovió todo el día hasta que los ojos de todos se inundaron.

 

IV

La luna, a punto de reventar en llanto también, miraba entristecida desde lo más alto:

—Lo vi todo. ¡Todo! —le dijo la inmaculada Señora Luna. Y continuó dulce como el aroma del pan recién horneado: —Señor conejo, debe entender que nuestro Sol ha cambiado, se ha envejecido… se está apagando. ¿Qué podemos hacer? Disculparlo y entenderlo tan sólo, no más.

El conejo se limitó a pensar: “Tu sol… no el mío”.

Fugaz como la estrella que da su nombre, el conejo atrapó una idea que cercanamente le circundaba su cabeza: ¡no el sol, pero sí la Luna! Y corrió nuevamente, lleno de la esperanza que renace a cada momento de nueva vida, corrió tan glorioso como lleno alguna vez fue su corazón, y tan rápido como aquella idea revoloteara, corresponsal de una nueva luz de vida.

Fue hasta su antiguo y ahora ambiguo peñón de plegarias y profirió una nueva, sólo que en vez de hacia el amigo perdido, ahora a la dama de los romances nocturnos, de los sueños fantasiosos, de los rezos de los infantes: la Luna.

¡En su tremenda belleza y elegancia, entre su dulzura e inmaculada poesía contenidas, no podía esconder rencores! Esperanzas de que era sincera y llena de amores que se colmaban en escuchar al afligido y quizá tenderle la mano, tenía el renovado conejillo.

Y así, pensando fuertemente en ello, se concentró a fondo y entonces se escuchó un grito emocionado (¡emocionante!) en toda la extensión de aquella laguna:

—Luna… ¡Lunita! Señora hermosa y cálida belleza nocturna, escúcheme… ¡escúchame! Sé que toda paciencia y toda cordura es, y por ello le pido: lléveme con usted y seré guardián infinito y amigo absoluto. La admiro y respeto: aprender a amarla sabré con el tiempo; al fin que usted sabe ahora mis penas, Señora hermosa y ¡cálida elegancia blanca y nocturna! —imploró el conejo emocionado.

La luna que más inteligente que el sol era
lo siguió en su tempestuosa carrera
como anticipando lo que le pediría.

Le sonrió amablemente
y lo amó en un instante,
tierno y audaz conejo,
convertido nuevamente en implorante.

Entonces, la luna salió lenta y pausadamente de entre sus nebulosas sábanas de plateados colores, y con mirada interrogante pero amable, se dirigió al pequeño ser con sus bellos ojazos:

—¿Quieres que te lleve conmigo, a mi lugar, a mi Universo, mi nuevo viejo amigo?

—Sí… ¡Sí! —contestó ansioso el conejo.

—Pero, tu sabes que sería para siempre. ¿No añorarás algún día tu tierra recorrida?

—¡Señora! Señora mía, y de todos cuantos la queremos e inspiramos nuestras coplas en usted: he recorrido mundo, lo sé, he conocido los más bellos parajes, desde el dorado pastizal hasta el regocijo verde de los bosques, he visto playas que se funden con su impresionante cielo de miles de colores centelleantes, conozco las cascadas y los ríos de refulgentes y cristalinas aguas, y he sentido lechos de hierba fresca, de dura piedra y de arenas cálidas. Todo ello es excesivamente hermoso, y quizás lo extrañe, pero no será tanto en comparación a como lo veré: lo veré como nunca pude, como nunca podré… desde lo alto, desde las nubes, desde los sueños. Junto a las estrellas. No, Señora mía, no creo extrañarlo todo, porque ahora dedicaré mis tiempos al estudio y a la reflexión, quiero llenarme de sabiduría, y cuando quiera sentirme como un infante, recordaré mis vivencias y mis andanzas. Le aseguro a usted que allá arriba seré feliz como ningún otro. No se preocupe, tan sólo lléveme, ¡por favor! —concluyó dignamente el conejo.

—Pero, ¿y sus amigos?

—¿Mis amigos? Tales no hay: la codicia y la impaciencia se los han devorado.

—Pero, ¿y su compañera de toda una vida?

—¿Compañera, amiga, amante? La desconfianza por la voracidad de los machos las han hecho olvidar la elegancia: ya no permiten besar sus manos, ya no se les conquista con un halago, menos se les seduce con un poema.

—Pero, ¿y nuevas andanzas? ¿Ya no habrá?

—¿Andanzas? ¿Por dónde? El cemento aplasta la tierra y el agua se seca ante el aceite. Este mundo se acaba, poco a poco. Si seguimos así, pronto ya no habrá ni andanzas ni andantes.

La elegante Luna reflexionó en las sabias palabras del conejo, dudó instantes más, y se dirigió a él para finalizar:

—¿Es que, acaso, todo está perdido?

—No, mi Señora, ¡no! —respondió tajante, para luego seguir: —Habrá más soñadores en esta tierra, aunque cada día sean menos. Los niños y las niñas que decidan crecer humildes e amorosos, lo serán. Ellos y ellas seguirán haciendo caminos y saltando montañas, beberán agua rica y sus lechos de fresca hierba, dura roca o arenas cálidas serán. Sí, sí que los habrá, no soy el único, se lo puedo asegurar. Ellos harán que todo se prolongue más y valga la pena vivirlo. Le deben a la Tierra lo mismo que la Tierra a ellos: su existencia y esperanza.

Los dos quedaron enmudecidos unos instantes antes de proseguir su amistosa plática:

—Está bien, Señor conejo, pero le exigiré una cosa: deja de llamarme Señora que tu novia por siglos ahora seré… —pausa, y el conejo, escuchando con infinita alegría, (jamás olvidaría con lo que la Luna cerró tan bella conversación): —Cierra tus ojos amado mío, aunque pequeño y conejo eres, conmigo te llevaré. Un buen amigo bien vale más que cien planetas, y un buen amor, más que el mismísimo sol. Cierra tus ojos amado mío, y desea con todas tus fuerzas lo que toda tu vida tanto has soñado, pues el triunfo es de los que no se conforman tan sólo con soñar sus sueños, sino de los que buscan hacerlos realidad. Cierra tus ojos y vuela, vuela hasta mí. ¡Bésame! Y quedaremos unidos para siempre: tú, hermoso y fiel conejo, y yo, tu Luna siempre hermosa para ti.

El conejo temblaba de alegría: cerró los ojos bien fuerte, y aunque unas pocas lágrimas felices lograron escapar, a sus sueños los atrapó con tanta fuerza que en pocos segundos se imaginaba volando entre nubes y estrellas, entre planetas y cometas, y entre todos sus pequeños ángeles amigos.

Poco a poco abrió los ojos, pues el miedo a una nueva desilusión lo aterraba, pero de pronto sintió un abrazo muy confortable que sólo podía ser de alguien:

Abrió muy bien los ojos y frente a él estaba su preciosa y amada Luna; volteó alrededor: abajo la laguna y el peñón de sus imploraciones, arriba el infinito azul profundo, y por todos lados, nubes y más nubes, y ¡claro!, los pequeños ángeles que felices le daban la bienvenida.

Asombrado miró a su nueva compañera y preguntó:

—Entonces, ¿es verdad, hermosa mía?

—Sí, —y su Luna amada lo besó con inmenso amor.

 

V

Fue así como desde ese día, el sol, que montó en tremenda cólera, se alejó para siempre de la luna, no pudiendo presenciar como un osado conejo le robó a su amada; y así nacieron entonces las noches y los días: el sol no quiso compartir más su tiempo y llorando separó la luz de la oscuridad, la noche del día, y las estrellas de la luminosidad, pues ellas habían sido sus cómplices.

Es por eso que cuando hay sol no se ve luna.

Aunque algunas veces, la vergüenza de su menosprecio al conejo, le hace mirarlos desde lejos y proferirles una bella sonrisa de perdón. Eso es lo que pasa cuando vemos la luna y el sol en ciertos crepúsculos hermosos y cálidos.

Y en la luna, el inmortal conejo abrazando la figura de su eterna amada.

 

 

Publicado en la web de Vagabundos Moleskin como parte del Concurso de Relatos de viaje organizado por Ediciones de Viento y Editorial Grammata (España).

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