El camión de cacahuates (cuento)

Alguna vez, cuando todavía era un chiquillo, salí de viaje con mi padre en uno de esos viajes que hacen toda la vida los padres, y que son siempre, según ellos, de negocios; nada más que nunca dicen con quién o para qué son los negocios. Así somos los padres.

Ahora que viajo dentro de este pesado autocar, recuerdo aquel viaje. Uno igual al que hago ahorita, junto a mi hijo también. ¿Será que él lo va a recordar en un futuro igual que yo ahora recuerdo el pasado?

No recuerdo en qué fecha salimos ni qué hora era; debía de ser la madrugada pues todavía estaba oscuro. De lo único que me acuerdo, es del estar viajando dentro de aquel pesado autocar a través de largas carreteras con interminables líneas rectas, y a veces con serpenteantes caminos que seguro tenían más curvas que las mangueras del motor del bus.

Las montañas a lo lejos, calladas y muy quietas, pues seguramente no se habían despertado aún. Unas bajitas, otras muy altas, y las menos, ni se veían. Seguro detrás de ellas había todo un mundo por descubrir. Los que sí nos veían pasar eran los ríos (esos son los que se despiertan más temprano que todos), alegres y transparentes ellos, amodorrados y holgados nosotros, como normalmente se sale a los viajes de negocios con quien sabe quién y para qué.

También recuerdo que pasamos junto a ranchos de todos los tamaños en los cuales muchas vacas pastaban con sus largas caras de aburrimiento, adormiladas aún por sus ricos sueños lecheros. Había también borregos desperdigados por los brincos de sus ejercicios matutinos, uno que otro caballo solitario amarrado junto a un poste y dormido cerca de una casa, o caminando con parsimonia debajo de su dueño igualmente dormido. ¡Ah, y también burros que comían pasto entre perros flacos, ruidosos, y como siempre, juguetones! ¡De esos siempre hay a los lados de un buen viaje en autocar!

—Qué divertido es salir de viaje, ¿verdad, papá?

Viajar junto a mi padre en autocar siempre me resultó una experiencia asombrosa, tal como yo espero que lo sea para mi hijo, quien ahora duerme a mi lado. Era asombroso ver otros estilos de vida. Era asombroso ver formas extravagantes del paisaje. Pero lo más asombroso de todo lo que recuerdo de esos viajes, fue aquel día en que, al ir rebasando autos y otros buses, de pronto nos encontramos con un camión completamente atiborrado de cacahuates.

Llevaba tantos, que la montaña se asomaba por encima de las maderas del camión que los contenía. Claro que los cacahuates en sí mismos no fueron la causa principal de mi asombroso (a esos yo ya los había visto muchas veces, por cierto), sino que aquel camión tenía también un pequeño boquete en su lado derecho, hasta abajo de una de las puertas de atrás, y al fijarme más a detalle, ¡cuán grande fue mi sorpresa al descubrir que justo por ahí se venían cayendo uno a uno, todos los cacahuates que el dichoso camión cargaba dentro! ¡Y eso era lo que en definitiva resultaba muy curioso!

Apenas me di cuenta del agujero malicioso, dejé de saborearme aquella deliciosa montaña de cacahuates y comencé a reírme del reguero que estaba haciendo en la carretera. Mi padre se extrañó de mi comportamiento, pero se limitó a sonreír sin apartar la vista de sus eternos papeles de trabajo.

Sin embargo, mis risas no duraron mucho tiempo pues así de repente como apareció el camión de cacahuates a mi vista, también me mis ojos se dieron cuenta de algo más increíble aún: los cacahuates salían de la caja trasera del camión pero no llegaban nunca a tocar el suelo en ningún momento. ¡No estaba quedando rastro alguno de maníes sobre la carretera! ¿Cómo era eso posible?

Caían, efectivamente, pero un segundo antes de llegar al suelo, eran atraídos por tremenda fuerza hacía adelante del camión y se perdían por entre las sombras que se proyectaban sobre el piso. ¡Eso resultó ser lo más asombroso de todo!

Traté de llamar la atención de mi padre, pero no me hizo caso alguno. Y no pude seguir intentándolo, pues en ese preciso instante, nuestro autocar empezó a tomar la delantera mientras rebasaba al pesado camión de los cacahuates misteriosos. Y como buen chiquillo curioso, me arrodillé sobre el asiento dispuesto a descubrir el trasfondo de aquel misterio. Con muchísimo cuidado, avisté uno a uno todos los detalles del enorme armatoste sobre ruedas.

Todavía me acuerdo de todo lo que mis ojos vieron. Y no creo olvidarlo nunca en lo que me resta de vida: aún asombrado y boquiabierto por lo que acababa de descubrir (la extraña desaparición de los cacahuates en el aire), el autocar rebasó completamente al camión. Fue en ese momento que lo descubrí…

¡Jamás adivinarían quién iba manejando dentro de la cabina!

El conductor del pesado vehículo, no era otra cosa que un gordo y enorme elefante que, sonriendo y masticando, siempre masticando, me guiñó un ojo mientras se despedía de mí con diplomacia al tiempo que la velocidad de nuestro autocar lo dejaba carretera atrás.

No trato de burlarme de la confianza de ustedes al contarles algo que se asemeja una rotunda mentira, aunque también sabemos todos que la imaginación que tenemos cuando chicos es enorme.

Sin embargo, hasta el día de hoy que vengo recordando en el asiento de este autocar lo que ese día observaron mis ojos, aún dudo mucho de lo que mi cerebro me marca como un verdadero recuerdo vivido. Porque, hablando tan sólo de lo sucedido, no puedo explicar todavía cómo le hacía aquel sonriente paquidermo para succionar los cacahuates que caían del camión, como tampoco puedo imaginar cómo se enteró de que su cargamento se venía escapando poco a poco por un pequeño agujero en la parte de atrás, y mucho menos, logro entender cómo aprende a manejar un camión, un elefante.

 

 

Publicado en la web de Vagabundos Moleskin como parte del Concurso de Relatos de viaje 2015 organizado por Ediciones de Viento y Editorial Grammata (España).

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