Subasta de vidas (cuento)

Carlo tuvo que manejar hasta los confines de la ciudad, más allá de basurero local. Cuando se detuvo en un claro iluminado tan solo por una farola sucia, sintió que la negrura de la noche lo iba a devorar apenas se apeara. Pasaban de la media noche.

Volvió a revisar el papel: las indicaciones eran correctas. Sin embargo, ni una señal del lujoso Club. Tan solo un grupo de raquíticas casuchas se medio levantaban alrededor del claro. Un esqueleto viviente se acercó a su auto. La idea fugaz de ser asaltado en medio de la oscuridad y de la nada puso a Carlo con los nervios de punta. El esqueleto aquel era un hombre flaco en exceso, desdentado y chueco en todas sus faces.

—¿Quiere videar el caballero? ¿O está perdido? —el hombre reventó en una carcajada estruendosa.

Mientras lo hacía, Carlo revisó de nuevo el papel. ¡Qué alivio! Era la contraseña. Había llegado al lugar correcto. Pero, ¿y el Club?

Carlo pensó que poner todos los seguros al auto era una absoluta idiotez en medio de ese páramo olvidado por Dios, por lo que solo lo cerró manualmente. Y comenzó a seguir al tullido aquel.

Entraron a una casucha asquerosa, doblaron en un baño apestoso descompuesto, luego se internaron en un pasillo larguísimo repleto de ropa colgada hecha jirones, y tras tirar de una lona que vendía servicios sexuales de putas obesas espantosas, el paisaje cambió por completo:

Carlo estaba anonadado. Frente a él, un enorme césped magníficamente cuidado, llevaba directamente a una opulenta sala social. Dentro se veía ya una gran concurrencia… ¡El Club!

La noche de Carlo aún no llegaba a su clímax. Cuando hubo entrado, se encontró en medio de una subasta. Mientras buscaba lugar, no le pareció extraña, pero apenas puso atención, un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza:

—¡Presten atención, caballeros! Ahora viene el primer especial de nuestra noche: les presentamos las llaves del departamento del tercer piso de la calle 5 con la avenida principal. Es un lugar amplio y lujoso en donde habitan un padre saludable y una hermosa madre que es modelo. Pero esto no es lo mejor, no caballeros, la gran sorpresa es: ¡tienen dos exquisitas hijas de 16 y 12 añitos apenas! ¿Delicioso, verdad? Una familia excelente para golpear hasta el cansancio, amordazar, humillar y torturar lentamente hasta que imploren clemencia; un excelente espacio para violaciones repetidas una y otra y otra y otra vez pues no hay vecinos en el mismo piso y las paredes son muy gruesas… En resumen, una tentadora oferta para un asesinato múltiple con desmembramientos minuciosos, sangrientos y sádicos, pues todos están en excelente estado de salud por lo que resistirán bastante antes de perder el conocimiento. ¡No dejen pasar esta gran oportunidad, señores, porque es única en su tipo! ¿Qué les parece? La subasta empieza en 20 grandes, ¿quién da más, caballeros?

Los ahí reunidos comenzaron a chiflar y aullar como una manada de hienas hambrientas. Hasta ese momento Carlo fue consciente que estaba rodeado de asesinos seriales, psicópatas, locos dementes, y exconvictos. Su corazón se desbocaba más a cada segundo.

Recordó las múltiples advertencias de su amigo extraño (de quien ahora sabía a qué se dedicaba con tanto secreto). Luego la explicación sobre su juego de llaves perdidas: seguramente los chacales del Club las habían llevado hasta allí, los rastros dejados por todos lados de su departamento eran idénticos a su modus operandi. Sin embargo, Carlo desoyó las alertas y fue en busca de su tranquilidad perdida: no se le ocurrió otra salida. En realidad no es que le importaran sus llaves, sino llegar a un acuerdo para evitar la funesta visita que se le avecinaba. Pero tampoco se le ocurrió pensar que con los integrantes del Club no se puede negociar de forma alguna. Lo mejor era cambiar de rumbo, de colonia; tal vez de ciudad. Esto en caso de que quisiera seguir con vida, por supuesto.

Carlo hizo acopio de fuerzas y se dirigió a “la sala de partos” (así le llamaban al lugar donde se guardaban los juegos de llaves con sus descripciones antes de ser puestas a subasta… ¡Linda ocurrencia para llamarlo así!). Aún con todo su temple, las piernas no le dejaban de temblar. Y cuando hizo la pregunta, sus dientes castañeteaban audiblemente.

El hombre pálido y enjuto revisó sus archivos en la computadora con una parsimonia que enloquecería a cualquiera. Luego de una larga pausa, se compuso el traje, se acomodó el cabello y a través de su sonrisa mortuoria, soltó aquel conjunto de palabras, el más terrible que Carlo había escuchado en toda su vida:

—No, caballero, las llaves de Carlo Colonna ya no están en poder del Club. Anoche fueron entregadas a su comprador… Un excelente profesional si me permite decirlo, infalible, muy entregado a su trabajo verdaderamente. Pero aún me quedan otras ofertas más que han sobrado de subastas de vidas anteriores, ¿desea ver el catálogo, el caballero?

Carlo ya no podía hilar sus pensamientos con claridad.

 

 

Seleccionado para la Antología del Cuarto Concurso Mundial de Relatos de terror “En la oscuridad” convocado por la Editorial Carpa de Sueños (España).

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