Del Arca a la Torre (cuento)

Desde que tengo memoria he vivido en el Arca. Incluso no sé si nací en ella. Me llamo Camila y tengo trece años.

Vivir en el Arca no es difícil aunque los que llegan digan que es extraña. Allá afuera dicen que las ciudades del mundo son más amplias, que tienen calles muy anchas y que el cielo está sobre todas ellas. Y sobre las casas. En el Arca no es así: las calles son estrechas, tanto que apenas caben cuatro personas caminando, y eso, bien juntas. Y el cielo solo le pega a los cuartos de hasta arriba, nunca a los de acá abajo, donde vivimos todos. En los cuartos de hasta arriba viven los blancos, los dueños de la fábrica.

Dicen que la fábrica está en la isla más grande de nuestro país. Yo nunca he salido de la isla y mucho menos del Arca, por lo que no sé si eso sea verdad. Pero lo escucho de los viejos que viven en el Arca: que estamos en la isla más grande, que acá la economía no es tan terrible como en todas las demás, que solo por eso vale la pena esta vida de esclavitud y encierro. Me imagino que cuando crezca también me va a tocar trabajar en la fábrica, como todos los que vivimos en el Arca.

Ahorita el Arca ya es enorme. Los viejos dicen que empezó como una colonia pequeña, pero ahora ya se le considera una ciudad entera. La ciudad amurallada le dicen los que llegan por primera vez. Y se asombran cada que descubren que adentro, los edificios tienen más de veinte pisos de altura, y que cada familia vivimos en un departamento chiquitito y que en un solo edificio podemos vivir hasta mil personas. Todas juntas.

Creo que por eso le dicen el Arca. Tiene que ver con un tal Noé, pero nunca lo he conocido. Nomás escucho las bromas de los que recién llegan, diciendo que vivimos hacinados como puercos, como animales. Pero yo les puedo asegurar que no es así. O al menos, yo no me siento así. Yo me baño cada dos días en la palangana del agua de rehuso. Los cerdos no se bañan nunca: ellos están en los corrales del centro, donde huele fuerte y sí pega el sol.

Además, los cerdos son de color rosa, y algunos café clarito, no negros. Nosotros somos los únicos que tenemos la piel oscura. Todos. Excepto por los dueños de la fábrica, los que viven hasta arriba en unos departamentos enormes. Los de la piel muy clara. Les dicen “blancos”. Y son los que mandan en este mundo donde vivimos. Ellos deciden todo. Y nos tratan peor que a los cerdos. Por eso, cuando un “blanco” se acerca a los portones del Arca, nos esconden a todas las niñas, más a las que ya tenemos “cuerpo de mujer”, porque dicen que los blancos son muy malos, y que hay que evitar darles tentaciones.

Acá dentro del Arca yo puedo andar en short y playera, pero no cuando se acercan los “blancos”. Entonces me pongo falda, botas y sudadera. Y a veces hasta me cubren la cabeza. Y es que ellos hacen de menos a todos los que no son de su color de piel. No como acá dentro: nadie anda despreciando a nadie, y si lo hacen, no lo dicen en voz alta, se lo callan. Y es que aquí entre nosotros, ¿quién va a querer ser despreciado también?

Dentro del Arca todo es tranquilidad y buenos tratos. Bueno, excepto cuando los viejos toman caña, pero eso solo es dentro de las cantinas y burdeles. Yo no sé nada de eso, pero es lo que dicen.

Y todo estaba bien hasta que llegó esa familia tan rara: apenas pasaron por el portón que da a los baldíos, un montón de gente se hizo bolas para mirarlos de cerca. Tenían la piel como amarillenta, y los ojos muy chistosos. Como estirados. Eran un hombre, una mujer, una anciano y dos niñas. Los “asiáticos” les pusieron luego luego. A mi no me gusta que la gente se ponga apodos. Para eso tenemos nombres. Aparte de que nunca he escuchado un apodo bonito.

Todavía me acuerdo que los primeros días nadie se les acercaba. Los veían como bichos raros. Ahora los “oscuros”, como nos dicen los “blancos” ya tenemos a quien odiar, dicen. Y pareciera que es verdad, porque ya nadie se critica no se pelea entre nosotros. Ahora todas las burlas y los chismes recaen en los “asiáticos”. Incluso el otro día que me mandaron a comprar rábanos a la tienda, mi abuela me dijo bien clarito que me fuera por los pasillos de atrás, para evitar pasar por donde vivían los “asiáticos”. Los “amarillos”, como también les dicen.

Yo le hice caso, pero solo al principio. Luego retomé el pasillo de tubos y regresé a mi camino acostumbrado. Fue así como conocí a las niñas. Y desde ese día nos vemos a escondidas para jugar y para compartir nuestras cosas, aunque no platicamos mucho porque ellas hablan en un idioma muy extraño. También sus juguetes son muy diferentes a los míos. Y su ropa, y hasta la forma en como duermen y comen. Me gusta mucho estar con ellas y enseñarnos las cosas diferentes que todas hacemos.

Cuando vemos que ya pasó mucho tiempo, nos separamos por lados contrarios, y volvemos a nuestras casas. Eso hicimos muchas veces, hasta que mi abuela nos sorprendió un día.

Apenas nos vio juntas, gritó de una manera horrible mi nombre y me dijo que fuera hacia ella sin voltear siquiera. Luego empezó a decirme que seguro ya me habían pegado una de las enfermedades raras que los “amarillos” siempre tienen, de esas que les dejan los ojos estirados, que por eso los tienen así de feos. Pero yo ya sé que no es una enfermedad, sino que así nacen y que pueden ver bien, igualito a nosotros.

El caso es que mi abuela estaba hecha toda una gallina picotera cuando llegó el abuelo de ellas para ver qué sucedía. Y ahí fue que sucedió lo más extraño: de estar los dos peleando, pasaron a platicar (porque su abuelo habla nuestro mismo idioma, quién sabe cómo) y terminaron riéndose como niños. Luego él la invitó a tomar una cosa llamada té y ella dijo que llevaríamos pan y galletas de leche quemada. Y desde entonces, ya no tenemos que escondernos para jugar.

Es que cuando tratas a las personas, empiezas a darte cuenta que no son tan extrañas como piensas, que tenemos más en común que lo que nos diferencia, como los colores de piel. Desde esa vez, cada día nuevas personas platicaban más con los “amarillos”, y poco a poco dejaron de ser los bichos raros del Arca.

Y cuando ya todos nos estábamos acostumbrando a su presencia, llegaron los ruidosos. A esos les pusieron “latinos”. Y luego llegaron unos que les dijeron los “musulumanos” o algo así, esos de los trapos encima por todos lados, y la cosa rara en la cabeza, que hablan de repente bajito y luego a grito pelado. Y al rato llegaron los “indios”, con la piel pintada de formas raras y con ese punto rojo en medio de la frente que los hace ver muy raros.

El caso es que el Arca se lleno de gente de diferentes partes del mundo. Ya no solo éramos “oscuros”, sino de todos los colores: amarillos, negros, cafés, rojos. Pero los que seguían encima de todos, como aplastándonos, eran los “blancos”. Como si no tener color fuera algo mejor; y tener la piel de cualquier color, algo malo.

Fue así como poco a poco se acabaron los pleitos en el Arca, y todos aprendimos a tratar a otras personas del mundo sin andar pensando que hay algunos mejores que otros, ni peores ni diferentes ni nada. Y lo mejor fue que de pronto en el Arca se podían comer platillos bien raros, que nunca habíamos probado. Y también que empezamos a tener mejores ideas para bañarnos, para hacer reuniones, para utilizar los espacios de diferentes formas. Y entonces resultó más divertida la vida y las pláticas: ya había muchas cosas de qué hablar, mucho más que aprender y un montón de nuevas ideas y costumbres para entender. Éramos muchas familias de muchos colores combinados pero cada uno sabedores de su propia identidad. Orgullosos de ellas y por tanto, con gusto de compartirlas y aprender las de otros.

Fue cuando los “blancos” empezaron con su nueva burla… Yo no sabía que con eso se burlaban, pero cuando fui viendo cómo reaccionaban los adultos cada vez que lo decían, aprendí que eso era malo. Muy malo. Los “blancos” decían que el Arca de Noé ya se había convertido en la Torre de papel. No entendía lo del papel, pero ahora sabía que era algo muy feo. Algo para hacernos sentir menos a todos los que vivíamos en el Arca. Bueno, ahora en la Torre.

Eso nunca cambió. Nunca ha cambiado y no creo que cambie nunca:

Los “oscuros” ya no odiamos a los de otros colores de piel. Y los otros colores ya no nos odian a nosotros. Pero todos nosotros y los de todos los demás colores también, sí que odiamos a los “blancos”. Ellos son los únicos que no son bienvenidos en la Torre. Y eso no cambiará nunca. Porque mientras a ellos sí les da el sol, nosotros vivimos a su sombra. Porque mientras ellos salen más allá de la isla, nosotros no podemos salir ni de la Torre. Porque mientras ellos pueden dormir tranquilos, nosotros solo podemos soñar que viviremos tranquilos algún día en el futuro.

Lo curioso de la vida es que nunca sabes lo que viene. Siempre creemos que todo va a seguir igual, sin cambios, pero entonces ocurre algo tan inesperado, algo tan extraordinario, que hace que nuestro mundo gire por completo. Hace que los muros caigan, que las murallas se derrumben, y hasta que las torres se vengan abajo.

Y así fue.

Una tarde calurosa, aún lo recuerdo, escuché al abuelo de mis amigas diciéndolo por primera vez. Estábamos en su cuarto pintándonos, cuando entró agitado y lo dijo tan alto que hasta nosotras pudimos escucharlo. Después se repetiría por todos los rincones de la Torre: la fabrica está a punto de quebrar. Eso solo podía significar una cosa: si la fábrica cerraba, la Torre se caía. Y todos podríamos ser libres. Aunque también nos quedaríamos sin trabajo, sin hogar y por lo tanto, sin futuro.

Tardó más tiempo en desperdigarse la noticia por todos los rincones de la Torre que en lo que llegaron nuevos “blancos” a la isla. Y con ellos llegaron los jóvenes: muy guapos, esbeltos, atractivos para todas mis amigas y yo, pero también llenos de desprecio hacia nosotras. Con unas ganas desquiciadas por meternos la mano entre las piernas a como diera lugar. Y también las jóvenes “blancas”, volviendo locos a nuestros padres y a nuestros amigos, pidiendo fortunas tan solo para hablarles o llevarlas a un café. Y con ellas llegaron muchas familias “blancas” de todo tipo. Nuevas colonias, nuevas costumbres. Pero todas eran “blancas”: extranjeras, asquerosas, según me habían enseñado. Yo odiaba tanto a toda la gente “blanca” que no me importaba si se amontonaban a los lados de la Torre mientras no metieran sus asquerosas vidas en nuestra Torre. Ellos allá en su inmundicia, mientras nosotros acá en nuestro hogar.

Como ya les había dicho, lo más extraordinario de la vida es que es impredecible. Que siempre cambia, nunca es igual: va transformándose conforme los tiempos pasan, sigue los pasos de las personas como nuestra sombra sigue a los nuestros. Y aunque la odiemos por estar atrás, aunque sigamos pensando que es algo terrible ser la sombra de alguien pues siempre deseamos ser la luz, los guías, lo positivo, sin darnos cuenta que desdeñar lo negativo, lo oscuro, es aborrecer nuestra propia sombra, otra vez guiados por algo tan efímero como los colores: la luz es buena, la oscuridad es mala; los “blancos” son buenos, los “negros” y demás colores, malos; la vida y sus simplezas, sus giros inesperados, siempre estarán ahí para enseñarnos que el universo no es así: los soles crean tanto como los agujeros negros, y el caos y el orden conviven en absoluta armonía.

Un día, de forma tan inesperada como simple, llegó una familia “blanca” a vivir a la Torre.

Eran los rezagados de las familias “blancas” que habían llegado a vivir a la isla. Porque incluso entre ellos también se odian y se rechazan. Eran otras sombras más, solo que de un color completamente distinto a los que habitábamos la Torre. Ellos también estaban viviendo una situación tan deplorable como la nuestra. Solo que ahora éramos nosotros los que no estábamos preparados para entenderlos en ese momento.

El verdadero reto de la tolerancia hacia personas de distinto color, diferentes costumbres, identidades verdaderamente desconocidas e incluso muy distintos ancestros, comenzaba dentro de la Torre… ¿Estaríamos verdaderamente preparados para poder salir adelante? ¿O volveríamos a ser el Arca, llena de animales que solo buscan sobrevivir entre ellos a dentelladas?

Tragué saliva…

Pero aún no he dado el paso que se necesita.

 

 

Basado en la antigua ciudad amurallada de Kowloon en el distrito homónimo de la ciudad de Hong Kong.

Mención especial y seleccionado para publicación en la Antología del Primer Certamen Literario “Identidades” a nivel internacional convocado por 7 Sellos Editorial Cooperativa, de la cooperativa editorial Visión Siete (Argentina).

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