Más allá de la realidad (cuento)

Luego de su visita a la Tierra, el principito se dirigió al octavo planeta. Otra vez resultó ser un asteroide, sin embargo, su número no era consecuente. Este era el asteroide 333. En él habitaba un escarabajo enorme, casi del tamaño de una persona. Se movía con pesadez gracias a una patitas muy cortas que tenía debajo de su gran caparazón.

Aparte del escarabajo, no había nada más en el asteroide excepto un árbol de manzanas. Hace algún tiempo, una de ellas, seguramente podrida, se había soltado de su rama y había caído directo sobre el pobre animal, causándole una herida terrible. El principito pensó que, tal vez anteriormente, el escarabajo era más ágil, pero ahora apenas podía caminar debido a los dolores que le causaba la manzana incrustada.

—Hola —saludó amablemente el principito.

El animal no respondió. Quizás si el principito hubiera sido un adulto, sabría que los animales no responden los saludos, simplemente porque no hablan, pero eso no lo entendía en su tierna inocencia. Aparte que debemos recordar que él ya había conversado con un zorro, una víbora y hasta una rosa.

—Hola— volvió a saludar, decidido a entablar una conversación. Como no obtuvo respuesta, decidió cambiar de plan. Esta vez preguntó en lugar de saludar:

—¿Quieres que te ayude a quitarte la manzana que tienes incrustada en tu espalda? Se nota que te duele mucho.

El escarabajo detuvo su movimiento casi imperceptible y giró la cabeza hacia la criatura. Esta vez sí respondió:

—No es necesario: mis días están contados, así como las páginas de mi historia de vida.

El principito trato de entender a lo que se refería sin lograrlo; era apenas un niño. El escarabajo siguió hablando con su voz cavernosa:

—Yo antes era una persona, pero un día amanecí convertido en esta bestia, y a partir de ahí, mi vida se volvió un caos.

El chiquillo frunció el ceño: no podía creer en sus palabras, por lo que le dijo lo más amablemente que pudo: —Pero las personas no se convierten de pronto en bichos, ¿cómo pudo pasarte eso?

El escarabajo suspiró profundo y contestó:

—Eso pasa en las historias inventadas por los hombres.

Nunca pasa en la realidad. Yo no soy real, solo soy producto de la imaginación de una persona. Igual que tú.

El principito sintió un dejo de tristeza ante las palabras del bicho. Algo muy en el fondo de ellas le decía que había dicho una gran verdad.

—Pero, entonces, ¿quiere decir que no estamos vivos en realidad?

—No. Solo quiere decir que vivimos cuando alguien vuelve a imaginarnos vivos, como ahora nos está ocurriendo.

El principito reflexionó un momento, y terminó con otra pregunta similar a la anterior:

—¿Y hasta cuando estaremos vivos de nuevo?

El escarabajo pareció tomar un aire de tranquilidad mientras la manzana en su caparazón rodaba por el suelo, mostrando la espantosa herida causada, la misma que no tardó más de un par de segundos en curarse por completo. Con voz totalmente renovada, el bicho contestó muy seguro de sí mismo:

—Esa es la mejor parte de todo: aunque nuestras vidas no parecen ser reales, en realidad viviremos para siempre. Cada vez que alguien nos lea, nos recuerde o nos vuelva a imaginar, ahí estaremos para ellos, vivos nuevamente, llenos de energía, y dispuestos a reiniciar nuestras historias particulares.

Y dicho esto, el escarabajo volvió a su forma humana para sorpresa del principito, y segundos después, desapareció del asteroide.

En ese momento y sin saber por qué, el principito decidió regresar a su planeta original, pues ahora se sentía muy solo y, al mismo tiempo, completamente renovado.

Nunca supo que la persona en la que se transmutó el escarabajo volvió a la casa de una tal familia Samsa. Esperaba levantarse temprano el día de mañana para poder tomar el tren y seguir con sus ventas para pagarle la escuela de música a su adorable hermana.

 

 

Seleccionado para la Antología del Concurso Internacional de Relatos cortos “Personajes de novela” convocado por la Editorial Playa de Ákaba (España).

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