La catedral de las lágrimas amargas (cuento)

A mitad de la noche, una figura fantasmal recorre el bosque cercano al internado Hoskins. Es una hermosa joven de apenas quince años, quien corre con agilidad y dulzura. Lleva apenas el frágil camisón con el que duerme, aumentando así la visión etérea de sus formas.

Se dirige a la olvidada catedral que yace a la mitad del bosque, escondida de las miradas del pueblo cercano. Va a cantarle a su amor imposible: ese ángel apuesto que custodia la cúpula central. Y debajo de él, la pasión en su mirada aumenta.

Siempre varonil y erguido, mira fijamente sus ojos soñadores mientras comienza a entonar el himno más bello que ha logrado aprender en su corta vida:

“¡Sigue viviendo! ¡Yo soy la vida!
¡En mis ojos está tu cielo!
¡Tú no estás sola!
¡Tus lágrimas enjugo!
¡Estoy en tu camino y soy tu soporte!
¡Sonríe y espera! ¡Yo soy el amor!…”

Y mientras le canta con todo el enamoramiento que es capaz de sentir, ella desea en lo más profundo de su corazón que su voz logre despertarlo de su sueño de piedra para que él le ayude a escapar de ese maldito encierro al que sus padres la condenaron desde hace muchos años.

Ella está segura que un día va a ocurrir; sus tutores siempre le han dicho que su voz es mágica. Como también está segura de que él no la traicionará como su familia. Y con sus grandes alas, volarán juntos a un lugar lejano de ahí, a la orilla del mar, donde podrán amarse sin obstáculos por el resto de sus vidas.

Un día de mucha inspiración logró hacer llover y así le dio vida a las rosas de piedra del internado. Esas rosas radiantes siguen vivas como un constante recuerdo de la magia contenida en su voz. Por eso está tan segura y ahora canta con toda su pasión a la mitad de la noche, en medio del bosque cercano, debajo de la cúpula de la catedral olvidada. En espera de que su ángel amado despierte y puedan escapar juntos de ahí…

“¡Yo soy el amor!
¿Es todo lo demás sangre y fango?
¡Yo soy divino! ¡Yo soy el olvido!
Yo soy el Dios que baja al mundo
del empíreo, y hace de la tierra
¡un paraíso! ¡Ah!”

Esta noche es mágica. Tan mágica como su voz. Y esta noche, el destino le depara una sorpresa más como la de las rosas: su voz delicada y profunda penetrará hasta la más dura piedra. Afuera, el cielo se cubre de nubes negras y comienza a llover. Adentro, el mármol se reblandece y el ángel comienza a moverse inquieto dentro.

La joven está tan ensimismada en su canto, que no alcanza a ver en el lado opuesto, escondido entre las sombras de la cúpula, a un demonio negro como el miedo el cual también empieza a revivir con el hechizo de su voz. Y lo peor, es que este demonio está perdidamente enamorado de ella y su canto de amor.

Es terrible coincidencia del destino que el demonio ha logrado liberarse antes que el ángel. Y ahora camina silencioso y con la mirada fija puesta en la dulce cantante, quien, embelesada en su tarea, no se percata de su presencia detrás de ella.

Una piedra que el mismo demonio dejó caer para liberarse, cruje debajo de una de sus patas de chivo. La joven detiene su canto y voltea asustada. Entonces lo descubre tan enorme como es y grita aterrada. El ángel sigue tratando de liberarse sin éxito.

Aunque el demonio logra apresar uno de sus brazos, ella con agilidad se zafa y huye hacia el bosque cercano. Ya no puede cantar, tan solo gritar. Y es a gritos que pide la ayuda de su ángel amado, quien desesperado solo puede ver cómo aquel demonio oscuro persigue a la chica. Un grito desesperado del ángel se une al de ella mientras los relámpagos iluminan la terrible escena.

—¡Ayúdame, amor mío! ¡Por favor, te necesito!

Pero la ayuda no llegará, pues su amor sigue prisionero del mármol frío de la catedral.

En medio de su desesperación, ella logra reflexionar una posible solución: se detiene en su carrera, gira sobre sus pasos, con agilidad elude al pesado demonio y vuelve corriendo hacia su ángel amado. Su voz es la única que puede liberarlo de su prisión de piedra, y así lo hará. El problema es que, aparte de la sofocación que le ha provocado su huída, ahora es presa del terror y comienza a llorar desesperada.

Mientras ella corre hacia su ángel aún atrapado, el demonio también se acerca de regreso, paso a paso, terrible y malévolo como siempre. La presión aumenta y ella comienza a llorar amargamente.

El demonio ha caminado hasta entrar en un lugar donde las sombras lo cubren por completo. Al ver que la chica llora con tan amargura, se detiene e intenta explicarle que en realidad está enamorado de ella, que no debe temerle, pero como nunca ha aprendido a hablar, solo un gruñido aterrador sale de sus entrañas, complicando aún más la escena. Un relámpago furtivo hace que su aspecto se vea todavía más terrible.

Nuestro ángel, desesperado y sin poder liberarse, arranca un gran pedazo de mármol cercano a él y lo arroja en dirección al demonio. Deberá ser más cuidadoso en adelante si no quiere lastimar a la joven pues el proyectil cae cerca de ella, aumentando su terror. Por supuesto que es entendible estando aún preso de la cintura hacia abajo, pero herirla de muerte sería inadmisible.

El estruendo provocado por aquel enorme bloque de mármol al caer hace que ella volteé hacia su ángel y lo descubra tratando de ayudarle. Eso renueva sus fuerzas y reanuda la carrera hacia su amado. El demonio, a su vez, acelera el paso y ambos se acercan inevitablemente al encuentro del ángel.

“¡Esta será una gran oportunidad para que mi amado por fin pueda destruir a mi enemigo!”, piensa ella emocionada.

El ángel arranca otro pedazo más de mármol y lo arroja hacia el demonio. Tal vez sea toda la confusión del momento, o tal vez sea que la joven está en medio de ambos, el caso es que el gran trozo de piedra nuevamente pasa muy cerca de ella, a tal punto que logra cortar un poco su hombro, dejando escapar un ligero hilo de sangre a través de su camisón.

—¡Ay! ¡Ten más cuidado!

Ella está enojada, pero también entiende que eso es necesario si quieren acabar con aquel demonio oscuro que la persigue.

El ángel gruñe enojado. Toma un último pedazo de mármol entre sus manos y apunta bien: esta vez no piensa fallar en lo más mínimo.

Con todas sus fuerzas lo avienta hacia su objetivo justo cuando el demonio le da alcance a la joven y la quiere tomar entre sus brazos. El estruendo es mortal. Vuelan trozos de piedra por doquier. El ángel jadea exhausto por el esfuerzo.

—¡Excelente, mi amor! ¡Gracias por salvarme! —festeja ella.

El ángel ha acertado: el demonio ha perdido una pierna tras el impacto y cae. Ella corre al encuentro de su amado mientras el demonio, gimiendo, se arrastra en la misma dirección.

Con el tiempo ganado, ella podrá tranquilizarse y terminar su canto para liberar a su amor alado. Mientras lo hace, le profiere tiernas palabras de amor:

—Querido mío, ya estoy aquí. Te liberaré de inmediato de esta fría prisión y podremos estar juntos para siempre. ¡Ya no sufrirás más y nos podremos ir de aquí hacia donde tu quieras, amor mío!

Afuera de la catedral abandonada, las nubes de tormenta llueven con todas sus fuerzas en un llanto de alegría celestial.

Ya tranquila, la joven alza la vista y reanuda su canto…

Pero al instante, su atención es raptada por unas extrañas inscripciones grabadas alrededor de la gran cúpula:

“Hay ángeles envi…”, comienza a leer.

El silencio dentro de la catedral reina de nuevo. Únicamente es interrumpido por un gruñido del demonio que aún se arrastra hacia ellos.

Esto la regresa a su realidad. Enojada, se regaña a sí misma por distraerse. Entonces se dispone a reanudar su canto de una vez por todas. Cierra los ojos y el silencio de la catedral queda envuelto en su voz angelical nuevamente:

“Yo soy el amor, el amor, el amor.
Y el ángel se acerca, me besa,
¡y es el beso de la muerte!”

El ángel por fin puede liberarse por completo: rompe los últimos pedazos de mármol que lo aprisionaban y cae cerca de ella.

—¡Por fin libre, ángel mío! Nuestro amor por fin podrá consumarse…

Siente tanta emoción con aquel encuentro que una presión hasta ahora desconocida para ella aumenta en su pecho. Los segundos se le antojan como horas.

Él la toma delicadamente entre sus brazos. Ella responde a su gesto y lo abraza con gran pasión. Sin embargo no pasa mucho tiempo cuando nuestra hermosa doncella siente que aquella presión en su pecho sube a su cuello. Es extraña e incómoda. ¿Qué será? ¡No puede entenderla!

Cuando levanta la mirada, descubre que es su ángel amado quien la tiene cogida por el cuello con ambas manos y aprieta sin misericordia. ¡Esto no puede ser! ¡Su ángel amado está ahorcándola!

—Pero… Amor… Ángel mío… ¿Qué sucede?… ¿Qué… haces?

Él no responde. Únicamente aprieta sin piedad.Afuera ha dejado de llover y la luna amarga observa fría la terrible escena.

Unos segundos más y todo habrá terminado para ella: su vida, su amor, y el poco entendimiento que le queda.

Pero no nos olvidemos del demonio oscuro, quien ha logrado levantarse sobre su muñón cercenado a pesar del increíble dolor que siente y ahora corre como un loco en dirección del ángel asesino.Con un encuentro brutal, logra derribar al ángel y liberar a la chica, quien jadeante cae al suelo, en medio de polvo, piedras y lágrimas amargas.

Ahora lo entiende todo: es el demonio quien en verdad la ama, y no aquel ángel envidioso y malvado a quien dedicaba su voz todas las noches de luna llena.

“¡No debí cantarte nunca!”

“¡No debí regresar a tu encuentro!”

“¡Y nunca debí liberarte, malvado!”

Ahora se arrepiente, pero es demasiado tarde: el ángel se ha empezado a levantar nuevamente mientras que el demonio, sin una pierna ya, no puede lograrlo.

El ángel malvado ha perdido una de sus alas y la otra está medio rota. Esto lo enfurece más. Se acerca implacable hasta el demonio y lo golpea con todas sus fuerzas.

—¡Déjalo en paz, desalmado!

Ella intenta detenerlo, pero es aventada varios metros atrás. Y en un instante que se antoja demasiado corto, hace pedazos al demonio oscuro. Una nube de polvo solo deja entrever al vencedor de pie ante los restos lamentables del vencido. Todo ha terminado.

O más bien, apenas comienza para ella.

El ángel se acerca implacable y vuelve a tomarla entre sus brazos.

—¡Déjame, cobarde! ¡Suéltame!

Ella no puede hacer nada para evitarlo. Así como tampoco puede evitar que lleve ambas manos hacia su cuello e inicie nuevamente su apretón mortal.

Mientras el aliento de vida la abandona, logra ver al demonio completamente hecho pedazos en el suelo. Las lágrimas brotan como mares de sus ojos tanto por el dolor del reciente amado perdido como por la presión de aquel maldito insensible.

En su desesperación, la joven levanta la vista y gracias a la luna pálida que brilla con todo su esplendor en medio del cielo de la noche negra, descubre las letras de la inscripción que antes comenzara a leer. Ahora el mensaje aparece demasiado claro ante sus ojos:

“Hay ángeles envidiosos, pero también existen demonios que se enamoran sinceramente. ¿Cómo se pueden reconocer a ambos?”

La realidad se le antoja tan amarga que la joven siente un mareo indescriptible. Es eso o la falta obvia del aire.

“¿Cómo pude ser tan ciega”, piensa ahogada por sus propias lágrimas, mientras siente cómo el último aliento de vida escapa por su boca. Las fuerzas la abandonan y todo se vuelve negro.

Pero no piensen que ella ha muerto.

El instinto de conservación ha hecho que se desmaye. Sin embargo, aquel ángel insensible a la vida, no puede entender esto y cree que ha vencido, que por fin la ha matado. Entonces la deja caer como una muñeca sin vida en el suelo y la mira con odio.

Ella comienza a toser.

Espasmos de la vida que regresa.

Malas noticias: el ángel malvado ahora sabe que no ha terminado su terrible trabajo.

Vuelve a tomarla entre sus manos dispuesto a no fallar más. Está vez le romperá el cuello para estar completamente seguro de su muerte.

La asfixia mortal la hace abrir los ojos y enfrentarse a la peor escena jamás soñada: un ángel con mirada de odio la está matando lentamente. Por segundos, aquella mirada se transforma en la de su inquisitivo padre, en la de su madre calculadora e indiferente, en sus compañeras con sus eternas burlas, en aquel muchacho que se aprovechó de ella cuando supo que estaba enamorada de él, y en todos y cada uno de los momentos de dolor en su corta vida.

—¡Aaaah…!

Un gemido dulce sale de su boca y se estrella con el mármol de la cúpula, que se estremece hasta sus adentros de pura tristeza. Cae un poco de polvo y pequeños pedazos.

Entonces, viene deprisa a su mente la idea liberadora, la solución definitiva y perfecta.

En medio de sus estertores de muerte, ella comienza a cantar de la manera más dulce que puede, con las notas más altas que logra. El ángel se extraña tanto que no alcanza a darse cuenta que cede en su intento de ahorcarla. Mientras que, unos metros más arriba de ambos, la cúpula comienza a estremecerse.

“¿Qué más voy a buscar yo?
Me ama, sí, me ama, lo veo, lo veo.
¡Cielo! ¡se puede morir!
Más yo no pido, no pido.
¡Ah Cielo! Sí puedo, ¡sí puedo morir!
Más yo no pido, no pido.
Se puede morir, ¡se puede morir de amor!”

El ángel no soporta aquella voz aguda y la suelta de golpe. Ella no deja de cantar. Profundas grietas aparecen por toda la cúpula. Y también en las piernas, brazos y torso del ángel.

Poco a poco, se le caen, primero las manos, luego los brazos, una pierna después, el ala rota también… Y el estruendo es brutal cuando la cúpula entera se derrumba sobre él, convirtiéndolo en escombros y desolación.

El ángel ahora yace completamente destrozado bajo los enormes pedazos de la cúpula de mármol.

La joven cantante despierta lastimada y cubierta de una fina capa de polvo blanco, lo que aumenta la visión etérea de sus formas. Un hilo de sangre corre por uno de sus hombros, manchando su delicado camisón. Observa al ángel malvado hecho añicos. Y después busca a su nuevo amado entre toda aquella destrucción. Cuando lo descubre, camina trémula hacia él, arrasados sus ojos en lágrimas y pidiéndole un perdón constante en silencio.

Se hinca junto a sus restos, toma su rostro resquebrajado, lo hunde en su pecho y llora amargamente. Y comienza a cantar una nueva balada, ahora de profundo perdón.

En ella le dice que se arrepiente de todo: de no haberse dado cuenta de quien la amaba en verdad, de nunca haber volteado hacia las sombras, por haber sido tan ciega. Por haber liberado al ángel malvado, y por no poder hacer nada ahora por su verdadero amor.

Adentro, hasta las paredes lloran de amargura. Afuera, el cielo comienza a hacerlo también. Tantas lágrimas no detienen su canto, pero tampoco le dejan ver que el demonio oscuro se empieza a reconstruir pedazo a pedazo, unido al rostro que ella sostiene entre sus manos con mucha ternura.

Un movimiento inesperado del demonio la espanta y la hace volver en sí. Detiene su canto para descubrir a su amado levantarse frente a ella y ofrecerle su mano en señal de agradecimiento por devolverle la vida.

Ambos sonríen con la alegría más grande que pueden sentir. Se abrazan y se funden en un beso mágico cargado de pasión.

Adentro, todo es regocijo. Afuera, ha dejado de llover y la luna refulge bellamente en lo alto de la noche apacible.

Está de más contarles que el demonio cumplió el sueño de la hermosa cantante: se la llevó volando muy lejos del internado Hoskins, hasta un hermoso palacio al pie del mar, donde las olas y las gaviotas hacen que los amaneceres sean dignos de mirarse día a día. Con un soplo mágico de sus labios, él le otorgó la vida eterna. Y volvió a la Catedral de las lágrimas amargas por todos y cada uno de los pedazos del ángel malvado, a quien, con todas sus fuerzas, volvió a juntar en forma de una amplia cama. La misma en la cual cada noche, sea de luna llena o no, ambos se regalan su amor por toda la eternidad.

 

 

Los primeros 3 poemas son parte de “La mamma morta”, aria de la ópera “Andrea Chénier” de Umberto Giordano (1896). El último poema es “Una furtiva lagrima”, romanza de la ópera “L’elisir d’amore”, de Gaetano Donizetti (1832).

 

Primer lugar en el Primer Concurso de Relato Corto Romántico Fantástico Juvenil “Moon” organizado por la Editorial Digital “La fábrica de sueños” (España).

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