El ritmo en la sangre (cuento)

Mi amiga Nidia quiso casarse con un cubano desde siempre. Decía que había algo que no podía explicar que hacía que le fascinaran esos negros de piel y corazón lleno de ritmo y sabor.

Al fin de algún tiempo, se embarcó hacia la isla y allá conoció a Ernesto: un hombre delgado, sonriente y con los atractivos antes descritos. Y algunos otros que nunca se atrevió a describir entre las risitas morbosas que soltaba cada vez que se hablaba de sus noches de pasión.

Pero Nidia tenía una idea fija en la cabeza: traérselo a México para presumirlo a todas nuestras amigas. Muy buena idea para Ernesto y, luego de algunos meses, pésima para Nidia, quien con celos crecientes descubrió que algunas de sus amigas también pensaban que había sido una excelente idea. Como era de esperarse, Nidia no fue la única de mis amigas que disfrutó con los atractivos escondidos de Ernesto.

El tiempo pasó y la relación se deterioró. El matrimonio no duró más de dos años y la separación llegó.

Ernesto deambuló por varios trabajos, desde cargador en un negocio de materiales de construcción hasta mesero en uno de los bares populares de nuestro rumbo.

Hasta que una noche, en el bar, a los del grupo de música se les ocurrió tocar algo de son cubano. No faltaron las alusiones al verdadero cubano que viajaba entre mesa y mesa haciendo la delicia de las miradas femeninas con sus pantalones blancos entallados. Y cuando le preguntaron si quería tocar con la banda, él tuvo que contestar con una verdad al parecer dolorosa para los cubanos que tienen su mismo caso: Ernesto no sabía tocar ningún instrumento. O al menos eso creía hasta esa noche.

Inútil fue negarse a toda la concurrencia asegurando al unísono que los cubanos traen el ritmo en la sangre: Ernesto tuvo que subir al escenario, y para evitar un ridículo de proporciones épicas, pidió las congas.

Está de más decir lo que sucedió después: Ernesto descubrió su talento musical innato. Y Cuautitlán Izcalli, el municipio donde vivo, descubrió al primer músico cubano en vivo de una calidad incomparable. Hoy el bar ha cambiado hasta de nombre. Ahora se llama “Malanga Habanera”.

 

 

Primer Lugar en el Concurso Planeta Cuba organizado por el Diario Juventud Rebelde (Cuba).

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