Fútbol a primera vista (cuento)

Aunque no le gustaba nada, aceptó. Él era un buen amigo, algo torpe en su forma de conducirse, obeso y nada agraciado, pero muy tierno, eso sí. Esa era la razón principal por la cual aceptó aquella aburrida invitación: ir a un partido completo del Real Valladolid.

Bueno, había de aceptar que también la convencieron los interminables ruegos durante más de cinco años de amistad unidos a vergonzosos lloriqueos en algunas ocasiones. También por supuesto, la invitación de ir a cenar a un restaurante exclusivo luego del juego.

Y es que ella no era chica fácil.

Durante el camino hacia el Estadio José Zorrilla, mientras manejaba su compacto convertible, la pregunta le martilleaba constante la cabeza: “¿Por qué aceptaste, chica?”. Y aunque la respuesta no se concretaba, ella siguió cuestionándose lo mismo hasta el momento en que saludó a su amigo con un amable beso en la mejilla. No iba a dejar que la rodeara con sus suculentos brazos tan fácilmente.

Lo que la ponía verdaderamente nerviosa, no eran los más de noventa minutos de franco aburrimiento que prometía la noche (los deportes masculinos no le llamaban la atención en lo más mínimo; tal vez solo aquellos donde los hombres voluptuosos y delgados mostraran sus cuerpos envueltos en una atractiva capa de sudor), sus nervios tampoco se debían a la compañía del más ñoño de sus amigos reales remendada con sus interminables pláticas sin interés alguno, sino al terrible hecho de que ella estaba casi segura que el plan de su amigo, era declarársele esa misma noche durante la cena. Esa sería la decisión más estúpida de todas las que él había tenido durante su patética vida.

Y completamente seguro, otro más de sus fracasos amorosos. Solo que, de darse el caso, este se perfilaba para ser el más memorable y doloroso.

Luego del silbatazo inicial del juego, de un gol tan inesperado como aburrido el cual casi todo el estadio vitoreó (a excepción de ella y los del Salamanca, obviamente), y algunas cervezas (factor verdaderamente importante), ella sintió ganas urgentes de ir al baño.

Se excusó con su amigo, se levantó de su asiento, le rozó la nariz con sus prominentes glúteos (momento casi celestial para él), y desapareció rápidamente por el pasillo.

Iba dispuesta a hacer un par de llamadas con su smartphone y revisar sus redes sociales a fin de recuperar el preciado tiempo perdido, así como a aliviar los estertores urinarios de su vejiga. Y nunca sabremos si fue por la distracción de las primeras acciones, o por el estrés del segundo trance, pero la atractiva pelirroja de pronto se encontró absolutamente perdida entre el gentío y los pasillos del estadio.

Lo más seguro es que fue porque era la primera vez que iba a un partido de fútbol.

Como fuera, el caso es que, tras salir del sanitario de damas, no volvió a encontrar el camino de regreso hacia su abandonado amigo, quien, entre gritos de alegría y un reciente compadrazgo futbolero adquirido al momento, se olvidó de ella por completo. Así pasaron casi veinte minutos en la agotadora búsqueda de su asiento.

No llevaba su boleto, por lo que no tenía ni la más remota idea de hacía donde se dirigía. Y obviamente, nadie (mirones, personal de seguridad, aficionados ni señoras) le supieron decir el camino correcto de regreso. Era caso perdido.

La pelirroja, bamboleándose entre llanto y gritos histéricos, de pronto recibió la iluminación a través de un interminable pasillo que, según le indicó su extraviada cabeza, era el correcto para regresar a su asiento. Fue así como nuestra heroína se encontró de lleno con la porra del equipo contrario.

Completamente agitados, sus enormes pechos hacían subir y bajar la camiseta blanquivioleta de los enemigos en plena tribuna de adversarios completamente blancos. Y su anárquica costumbre de no usar sostén, lograba atraer todas las miradas masculinas hacia sus pezones los cuales, dicho sea de paso, parecían apuntar con altivez hacia la tribuna de su propio equipo. En resumen, toda su voluptuosidad junto con la playera adherida a su piel debido al sudor, se confabuló para que en un instante ella se volviera el centro de atención de aquella multitud enardecida a causa de la goliza descomunal que estaban sufriendo a cargo de los que portaban una camiseta igual a la de la pelirroja; por supuesto que de una forma menos atractiva.

Un borrachín que ya no distinguía raza, edad o género para granjear su odio hacia quienes les iban ganando el derbi castellano-leonés, enfrentó a nuestra chica con implacable furia (y con otras intenciones no declaradas), y se plantó a grito pelado frente a ella y sus pezones. Sin embargo, los reclamos groseros no fueron los que provocaron la tremenda batalla campal en plena porra del Salamanca, sino ambas manos del grosero sobre los suculentos pechos de la pelirroja, quien aulló como sólo Dios sabe cómo, y acto seguido conectó un uppercut noqueando al instante al atrevido. Su esposa no se quedó con los brazos cruzados. Y una veintena de aficionados tampoco. Aquello fue el acabose.

Los golpes rodeaban a la chica sin atizarle mientras que los manoseos accidentales se le adherían como calcomanías coleccionables. Hasta qué un aficionado neutral se apiadó de sus gritos y sacudidas, la envolvió en su gabardina, y con un generoso abrazo de héroe improvisado, la llevó hacia afuera del graderío. Ahí, más calmados, él recibió un abrazo que no olvidaría por varias noches solitarias, y ella se despidió despeinada, nerviosa y jadeante. Aquella playera blanquivioleta ahora era parte de su piel debido a tanto sudor y euforia.

Por indicaciones de aquel buen samaritano del fútbol, ella pudo llegar a tribuna neutral: la conformada por el batiburrillo de aficionados que no son de hueso colorado ni de sangre hirviente en las venas. Los que van a divertirse un rato sin jugarse la vida en ello. Un ambiente más relajado, pero por ende, mucho más aburrido para ella, motivo por el cual, a los pocos minutos de expectativa, se quedó profundamente dormida. Nuevamente sus enormes pechos subían y bajaban a ritmo cadencioso envueltos en una camiseta pegajosa, pero ahora por motivos completamente diferentes a los anteriormente expuestos.

Su sueño se extendió durante largos minutos a pesar de encontrarse en un lugar privilegiado para casi todos los demás asistentes del estadio: unas cuantas gradas más abajo, empezaba el campo deportivo, y unos cuantos metros más allá, se desplegaba la portería del Salamanca.

Y podría haber seguido durmiendo plácidamente, soñando con desfiles de modas o jugadores de voleibol playero de estilizados cuerpos sudorosos, si no fuera porque la estrella del Real Valladolid, José Luis Pérez Caminero, le pegó con tal intensidad al balón y falló con tal divergencia a la portería, que el cañonazo le fue a dar en plena cabezota a la pelirroja.

No le dio tiempo ni de sentir vergüenza alguna: se desmayó al momento. Digamos que siguió durmiendo, pero no soñando, aunque clínicamente no sé si eso puede considerarse un descanso. El dolor de cabeza que sentirá al despertar, seguramente contradirá una opinión médica de ese talante.

Y hasta aquí quedó su experiencia futbolística para ese día: fue llevada de urgencia a un hospital. Y de la cita con su amigo, ni los buenos deseos quedaron. Si llevaba una declaración bajo la manga, ahí también se le quedó.

Luego de varios años, ella sigue asegurando que el ir a parar al hospital debido a un inesperado balonazo, o el salir en la pantalla gigante siendo la burla de todo el estadio, o incluso terminar en brazos de un perfecto desconocido en una cama de urgencias, no fue ninguno de los sucesos más impactantes de aquella memorable noche.

Y lo peor, es que lo asegura con una sonrisota de oreja a oreja.

Este es el final de nuestra historia, pero para el o la lectora apasionados que han seguido toda la acción hasta este punto, cabe todavía una delicada empero trascendental explicación a lo que ella comenta con mucha emoción al paso de los años: el porqué terminó en brazos de un desconocido fue el verdadero suceso impactante de esa noche…

Ya sabemos que quien realizó el tiro desafortunado que tanto la impactó, fue el famoso futbolista José Luis Pérez Caminero, madrileño de origen y adornado con un perfil de buena belleza masculina, el cual, tras verla desvanecida en la pantalla gigante, se enamoró perdidamente de ella al momento y decidió ir a visitarla al hospital. Ni siquiera se dio el tiempo de celebrar con su equipo la tremenda goliza propinada a sus acérrimos rivales, la Unión Deportiva Salamanca.

La pelirroja y el suertudo futbolista terminaron felizmente casados.

Y hasta la fecha no han vuelto a saber nada del amigo gordito de ella, aquel que la invitara afanosamente a ir al único encuentro de fútbol al que ella ha ido en toda su vida. Ni aún casada, por supuesto, pues ella sigue prefiriendo los desfiles de modas.

 

 

Dedicado a Leopitas.

 

Finalista y seleccionado para la Antología del Segundo Concurso Literario Blanquivioletras organizado por la Asociación Cultural Free Media a favor de la Sociedad Anónima Deportiva Real Valladolid Club de Fútbol (España).

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