La esfera de agua (cuento)

De entre los interminables universos que encierran los años luz y las estrellas, surge la historia de un extraterrestre que anda buscando un regalo para su hijo. Pero no un regalo cualquiera, no, sino un regalo extraordinario. De esos que perduran por mucho tiempo en la memoria de quien lo recibe. Digamos que al menos un par de púlsares de duración.

Tal vez es un cumpleaños especial. O a lo mejor este año marca un logro importante para el muchacho dentro de las buenas costumbres de la sociedad interestelar a la que pertenece. No lo sabemos.

El caso es que el extraterrestre de nuestra historia se entera a través de su enciclopedia criogénica, que los trenecitos les encantan a los niños terrícolas. Y por supuesto, una idea muy loca viaja por su mente: robar un verdadero ferrocarril del planeta Tierra.

Toma su nave interestelar, arranca y luego de pulsar el botón de velocidad luz, aparece a unos cuantos de kilómetros de nuestro planeta. Luego envía un rayo de pesca magnética subatómica, y en breves segundos, varios vagones de un ferrocarril público, aparecen flotando en medio del hangar de su nave. Finalmente, mediante un extravagante artefacto alienígena, reduce el tren de pasajeros para su hijo.

Al regalárselo, su hijo se emociona mucho: el regalo ha sido todo un éxito.

Sin embargo, no conforme con el logro, aquel padre extraterrestre busca un nuevo regalo, algo mucho mejor: le ha gustado tanto la emoción de su niño que quiere repetirla. ¡Y luego los adultos nos dicen que nosotros somos los exagerados!

Luego de mucho investigar a través de sus lentes hiperaúricos a distancia, sobrevuela el océano y decide llevar a un delfín aislado en un trozo de agua a su nave. Apenas lo ve, el niño alien vuelve a quedar encantado. Y es que un ser vivo dentro de una esfera de agua es algo verdaderamente maravilloso, hay que aceptarlo.

Contarles que este padre extraterrestre busque un tercer obsequio resultaría ya chocante, así que dejémoslo ahí y digamos que tanto ajetreo lo ha agotado tanto, que se conforma con ver a su hijo saltando de alegría alrededor del pedazo de agua que contiene al hermoso delfín.

Su hijo está tan emocionado que ya no le hace caso al tren reducido. Satisfecho, el padre inicia el viaje de vuelta a su sistema solar. Al niño le encanta tanto su delfín vivo dentro de la esfera de agua que se la pasa observándolo por largos púlsares. Embelesados los dos en la observación mutua (delfín y aliencito), se compenetran tanto que se vuelven uno sólo. Aliencito y delfín unidos en un único cuerpo físico: el del animal acuático.

¿Por qué pasó esto? ¡No lo sé! Tal vez porque se enamoraron demasiado el uno del otro, tal vez porque los delfines son extremadamente inteligentes y saben cómo hacer eso. O tal vez porque esto es un cuento muy extraño.

Cuando el padre vuelve de su siguiente misión como consejero planetario, se aterra al no encontrar a su hijo: únicamente está el delfín dentro de la esfera de agua a la mitad del cuarto de su hijo. Alarmado busca por toda su nave sin éxito. Vuela hasta la nave nodriza, se se fusiona con ella y lo busca por todos lados con el mismo resultado. Presa de indescriptible desesperación, incluso vuela en escasos minutos luz hasta la Tierra para buscar a su hijo por toda ella mediante los más potentes lentes hiperáuricos existentes en toda la galaxia, pero no consigue hallarlo en ningún lado.

Sin éxito y completamente destrozado, vuelve a su nave (aún dentro de la atmósfera terrestre), y en un lapso de soledad, devuelve el delfín al mar con la idea de devolverle la libertad al que antes fue un simple regalo. (El atormentado padre desconoce que su hijo va dentro del alma del animal).

El alien emprende el camino de regreso: pone el piloto automático y con desgano, juega con el trenecito que le regaló a su hijo. Ni esto lo consuela. Al contrario, los recuerdos (ahora lejanos) de su aliencito lleno de risas, lo enfurecen a tal grado que avienta el tren contra un panel de hierro de la nave.

Asombrado, descubre a los diminutos pasajeros muertos al romper a la mitad uno de los vagones de tren. El padre triste es ahora un asesino de criaturas diminutas. Las pequeñas manchas de sangre esparcidas por el muro logran hacerlo conectar con el dolor de los pasajeros… (algunos sobrevivientes aún respiran y se quejan dolorosamente).

Cierra los ojos e imagina… En su interior oscuro escucha un chirriar de ruedas sobre las vías, un crujir de metal sobre su cabeza y de pronto, al abrir los ojos, se descubre viajando en el tren junto a los pasajeros: el tren choca y todos los humanos a su alrededor comienzan, uno a uno, a sufrir. El extraterrestre es testigo de una niña que llora en los brazos de su madre y no puede hacer nada. En ese momento descubre contra qué (o más bien, contra quién) ha chocado el tren: un extraterrestre enorme juega entre sus manos con las víctimas del accidente.

Ahora lamenta profundamente cada una de aquellas diminutas muertes. Cierra los ojos y llora.

Cuando el intenso dolor cesa un momento, aprovecha para recuperar el aliento… Ahora lo entiende todo y ya sabe donde está su hijo. Por lo que decide solucionar las cosas: toma el sanador automático 5000 y curar a todos los pasajeros del tren, luego da vuelta a su nave y con la velocidad de la luz, regresa rápidamente a la Tierra con la firme idea de regresar los vagones del ferrocarril al momento mismo de cuando los robó, pero antes deberá borrar su memoria reciente para que no recuerden nada de lo sucedido.

Así lo hace.

Y cuando descubre mediante sus lentes hiperaúricos a la niña que abraza amorosamente a su madre viva de nuevo, vuelve a sentirse tranquilo y reconfortado. Ahora está listo para ir a buscar al delfín y a su hijo en todos y cada uno de los mares del planeta Tierra.

Luego de algunas semanas de intensa búsqueda por radar y pantallas holográficas, encuentra al delfín que antaño regaló a su hijo, y sin pensarlo dos veces, lo captura con el mayor de los cuidados. Así, el delfín vuelve a su antigua esfera de agua.

Los días pasan y el abatido padre no encuentra la manera de separar al delfín de su hijo.

En ocasiones se desespera y llora desconsolado, en otras se enoja y quiere matar al delfín; entonces es cuando el animal llora. Y es en una de esas ocasiones de lágrimas acuáticas dentro de la esfera de agua, que el padre conecta con el alma del delfín y descubre que en realidad es su hijo quien no quiere volver a ser aliencito porque le tiene miedo a su padre. ¡A su propio padre!, ¿pueden creerlo? Y es que a veces los padres extraterrestres son muy severos con sus propios hijos.

Esta terrible revelación lo destroza: va del enojo sin sentido hasta la depresión absoluta. Entonces decide volver a casa, a su planeta, con el delfín metido en ese pedazo de agua. En resumen: se resigna a vivir sin su hijo. O más bien, con su hijo fusionado con el cuerpo del animal.

¿Qué hacer? ¿Cuál es la solución a tan complicado problema?, piensa, y cada vez que se acerca al tanque, el delfín lo evita temeroso. El padre a su vez, mira hacia el tanque con tristeza y le sonríe en señal de disculpa. Con esta acción y sin esperarlo, el padre crea curiosidad en el animal, quien se acerca a la pared de agua para observarlo.

El padre, con un atisbo de esperanza, le muestra al delfín una sonrisa más abierta, enorme. El delfín mira atento; esto hace despertar al niño, quien sale un poco del delfín (cada quien que se lo imagine como pueda) y empieza a sonreír junto con su padre, quien no es consciente que se ha acercado mucho hasta una mesa de la nave y al chocar con ella, se queja, se enoja y la patea en un arranque de locura instantánea. Obvio, el hijo se espanta y vuelve a esconderse dentro del alma del animal. Y el delfín huye hacia el lado contrario de la esfera de agua.

Todo lo logrado vuelve a perderse.

En completa desesperación y fuera de sí, (¿Otra vez? ¡Este tipo no tiene control alguno!), el padre extraterrestre decide volver a la Tierra para robar otro tren como regalo para su hijo, sólo que en esta ocasión, sin pasajeros.

El problema viene que cuando lo va a robar, descubre a las personas que se despiden de sus familiares a punto de abordar el tren y conecta con sus emociones. Francamente conmovido, no se atreve a robarlo y regresa a la nave, hecho pedazos por el fracaso. Ahora menos que nunca sabe cómo volver a estar con su hijo.

Tres derrotas significan demasiado para él, por lo que decide irse a vivir en el lado oscuro de la luna y se programa para dormir un sueño criogénico de mil millones de años…

Es así como empieza a soñar con un grupo de niños extraterrestres jugando a la ronda entre delfines: cada vez que uno de ellos es tocado por un delfín, le salen alas y vuela hacia el cielo. El niño se libera, y con él, su delfín sonríe y nada hacia el horizonte, celebrando su recién adquirida libertad también.

El marciano despierta exaltado y sudando, pero lleno de alegría: ¡ahora sí entiende todo en verdad! ¡No como antes!

Corre hacia la esfera de agua, se queda mirando al delfín por un largo rato… Muchos minutos, mucha paciencia. Lo necesario hasta que el delfín se acerca a él. Entonces, con más paciencia aún, y como nunca antes lo había intentado, empieza a jugar con él: juegos de rondas, contándole historias, tratando de reír juntos. Incluso le canta (aunque no muy bien). El delfín sonríe, y efectivamente, minutos después, ya ríen juntos: el padre, el delfín y su hijo. Todos al mismo tiempo, como una familia renovada.

El padre toma una decisión definitiva: con todo el temor que eso significa, libera al delfín en el mar abierto, y ancla su nave sobre la superficie del mar cerca del lugar donde lo ha liberado.

Así pasan horas, días, y hasta semanas.

Todas las mañanas juega con el delfín. Y en las tardes, le habla con mucho cariño mientras le enseña diferentes cosas que ha aprendido a lo largo de su vida. Por las noches, le cuenta historias fantásticas y llenas de magia. Y constantemente ríen juntos: el padre, el delfín y su hijo dentro de su delfín. Todos al mismo tiempo, como una familia renovada.

Esta dinámica continua hasta que una noche, el delfín se acerca y a la luz de la luna, acaricia al padre extraterrestre con mucho amor para después alejarse nadando. Brinca a lo lejos en un símbolo de agradecimiento.

El padre, aunque está triste porque sabe que nunca más volverá a estar con su hijo, se siente satisfecho por la buena obra realizada: ha dejado en libertad a los dos y ya no es rencoroso. Cuando el marciano comienza a llorar por su aliencito perdido, baja la vista y le viene de improviso una increíble idea: una pequeña chispa que con rapidez crece dentro de su mente.

Entonces sonríe a más no poder y corre emocionado hacia el interior de la nave: allí, en su cama de siempre, descubre a su hijo durmiendo. Lo toma entre sus brazos y lo arrulla de la manera más amorosa que cualquier ser vivo del universo lleno de estrellas pudiera imaginarse.

Padre e hijo están juntos nuevamente.

Y este padre ya ha aprendido la lección: nunca más dejará que su falta de control pueda alejarlo de su aliencito.

El desenlace poco importa ya: padre e hijo podrían regresar a su planeta juntos. O bien, podrían viajar a través de los mares de la Tierra para regocijarse con las bellas imágenes. O tal vez, hasta podrían buscar nuevamente al delfín para un último encuentro de amistad.

Esto que lo decida cada quien, pues las historias son nuestras cuando las vivimos en nuestra imaginación.

 

 

Publicado en la web de Vagabundos Moleskin (vagamundosmoleskin.wordpress.com) como parte del Concurso de Relatos de viaje 2017 organizado por Ediciones del Viento, La Editorial Viajera C.B., La Línea del Horizonte Factory Ediciones, Lonely Planet Publications LTD. y Acer España (España).

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