Involución evolutiva (cuento)

Los indicadores, controles y mandos de toda la estación estaban desquiciados. Las paredes vibraban mientras los cristales se combaban hasta su límite. Ninguno de nosotros podía escuchar algo más que ese estruendo aterrador: la estrella Magnum acababa de explotar, causando un tsunami de ondas gravitacionales gigantescas a nuestro alrededor.

El trance de locura y destrucción solo duró un par de minutos pero lo sentí como si hubiera sido de una hora. No podía soportar un segundo más por lo que me metí en mi cápsula crioneural, la bloqueé y me hice un ovillo de miedo con taquicardia hasta que todo pasara.

Supongo que desperté un par de horas después porque cuando salí, la normalidad ya había vuelto en toda la base. Ese fue el primero dato extraño: las luces encendidas, los sistemas funcionando, y según el programa raíz, ningún desperfecto en la estación. Encontrar a toda mi tripulación en perfecto estado de salud y sin rasguños fue el segundo. Ellos estaban tan asombrados como yo. Pero no fue sino hasta que la capitana se fijó en los cronómetros que llegó el dato más extraordinario: los contadores iban a mil por hora. Sus números cambiaban con un vértigo descomunal que confundía todos los dígitos, haciéndolos imposibles de observar individualmente.

Ninguno de nosotros supo explicar eso hasta que, al paso de unas cuantas horas, el sistema se apagó durante unos minutos y vimos cómo en cuestión de segundos, se llevaron a cabo las comprobaciones diarias de cada reinicio de ciclo. Luego el testeo de motores: tres segundos. Finalmente, la ardua limpieza de sectores que antes duraba 3 horas, fue completada en 30 segundos. Estábamos escandalizados.

Al parecer, la descomunal energía liberada por el estallido de Magnum, había ralentizado cuánticamente nuestros relojes biológicos.

Fue así como fui testigo junto a mis compañeros de viaje, de la creación de la vida en las paredes de nuestra nave: las primeras células, horas después, los primeros seres multicelulares. Los tanques morfosintéticos se comenzaron a plagar de especies prehistóricas al tiempo que en el techo se formaron colonias de aves venidas directamente del suelo tras evolucionar miles de años en tan solo una semana.

Lo más curioso de todo era el tamaño de esos nuevos seres: muy diminutos respecto a nosotros, condición que hasta el momento me es imposible de explicar de manera lógica.

Durante semanas olvidamos nuestras tareas de reconocimiento y nos dedicamos a observar, registrar y clasificar toda esa evolución extravagante. Y debo aceptar que en secreto, a veces me di la licencia de fungir como un verdadero Dios, destruyendo o cambiando destinos biológicos a mi parecer.

Pero lo realmente curioso estaba por suceder: en el instante en que el primer homínido estaba descubriendo el fuego, recibimos una llamada del Centro de Investigación Universal: hablaban de una manera extraña diciendo palabras indescifrables de manera aleatoria.

Detuve la mano de la capitana a punto de apretar el botón de intercomunicación:
—Cuidado capitana: no sabemos si son de nuestra civilización… O de una posterior a la extinción de la nuestra.

 

 

Seleccionado para el volumen 1 de las Antologías editadas como parte del Tercer Concurso Internacional de relatos de Ciencia Ficción “A través de las estrellas” convocado por la Editorial Carpa de Sueños (España).

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