La neblina y el niño (cuento)

Todos las noches húmedas lo mismo: con muchos trabajos subía al alféizar de su ventana, la que le quedaba bastante alta a sus cortos cinco años, la única de su habitación y la más cercana al acantilado. Y miraba hacia afuera con emoción.

No la abría. No. El miedo, ustedes saben. Caer infinitamente por ese interminable acantilado. Y hasta el fondo, las terribles piedras demasiado duras esperándolo sin tregua. Con las palmas petrificadas abiertas. Listas para devorarlo. En pedazos.

Pero las piedras no nos conciernen, el cielo es aquí lo importante.

Las piedras sí, allí estaban; y el acantilado también. Sin embargo, ni rastro de la tradicional neblina de su pueblo.

La neblina. La tan ansiada neblina.

Aquella que los adultos decían que era mágica. La misma que decían que los visitaba constante desde hacía cien años. O más. ¿Quién lo recuerda realmente?

La esperada neblina mágica.

Pero también los viejos sollozaban que el clima había cambiado mucho, que los calores ahora eran sofocantes, y que la lluvia y el agua se retiraban cada vez más. Ya no se dejaban ver con facilidad.

Y así, bien emocionado trepó el niño por que vio un poquito nublado afuera en la calle… ¡Y pues no, no fue la tan ansiada neblina!

Con pasos tristes volvía a su cama, todas las veces que se equivocaba, todas las veces que lo creía, guardaba ese tesoro de papel que cada ocasión llevaba entre las manos, (otra buena razón para no abrir la ventana, con él bien agarrado, simplemente no podía). Triste y acongojado ante el chasco, se disponía a dormir, soñando con navíos que surcaban el cielo en busca de tierras fantásticas.

Y así muchos, muchísimos días. Muchos, demasiados meses. Durante los largos cinco años de su corta vida.

Hasta que un día, sin preámbulos, sin previo aviso y sin razón aparente (nada se celebraba, no se cumplía ninguna profecía, o nadie se acordaba ya de eso, qué se yo), ocurrió.

Ya sin muchos ánimos pero con la esperanza que nunca muere en los de corta vida, el pequeño subió trabajosamente al alféizar y se asomó a la ventana. Con la emoción más grande que podía abarcar su joven corazón, abrió los ojos como platos y la boca se les unió. Ahí estaba: ¡la neblina mágica de las leyendas de su pueblo! La neblina prometida. Hermosa. Radiante. Profundamente gris.

Corrió como un loco de vuelta hacia su cama y debajo de ella sacó de prisa el arrugado barco de papel. Lo vio y todo su mundo tornó en risas. Lo abrazó con mucha fuerza. Y arrugado entre sus manos, volvió a trepar con él a la ventana. Y ahora, sí la abrió.

No había ni pizca de miedo en su corazón.

Sintió la brisa fresca y húmeda de aquella neblina mágica. Lejanos fulgores azules entre las nebulosas grises del vasto horizonte, le respondieron que sí, que era una idea magnífica. Y ante aquella respuesta, no lo pensó dos veces:

Ofreció el arrugado barco de papel al acantilado y con toda la fe que breves cinco años le permitían, lo echó a volar…

¡Miren! ¡Miren! ¡Allá va un niño sobre un barco de papel!

Busca tierras fantásticas para descubrir, remontando la mágica y recuperada neblina de nuestro pueblo.

¡Es increíble!

 

 

Publicado en la web http://www.losrucheles.es como parte del Quinto Concurso de Relatos breves de Quintanilla de Arriba convocado por la Asociación Los Rucheles, Amigos de Quintanilla de Arriba – Valladolid, con el Patrocinio de La Lobera de Gredos, Centro de Ocio, Turismo y Formación, y Arenas de San Pedro – Avila así como la colaboración de Vinos Sarmentero (España).

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