Nadie lo esperábamos: un día cualquiera y de repente, la luna comenzó a abrirse como una enorme flor espacial, una astromelia gigantesca floreciendo al calor de abril.
Torpes y confiados como siempre, los humanos nunca sacamos la lógica de que todas esas interferencias de ondas electromagnéticas pudieran provenir de su interior porque albergaba no solo vida, sino a toda una raza extraterrestre esperando atacarnos en el momento preciso.
Ahora ya no es momento de correr o escondernos: el enemigo está demasiado cerca. Aterrados, paralizados e indefensos, lo único que nos queda es disfrutar de este espectáculo interestelar de luces y formas cambiantes. A la espera de nuestra nueva suerte, ya sea diezmados o esclavizados. Aún no lo sabemos.
Pero la respuesta se acerca ahora mismo, excesivamente rápido hacia nosotros como para poder hacer algo al respecto…