Buscando al desgraciado gato (cuento)

Hasta los intrincados bosques de hojas cúbicas donde sus tallos transparentes crecen en tiempos de secas mientras llueve, tuve que ir a buscar al gato ese solo porque mi amo, el señor Schödringer, me lo pidió con demasiada ansia. Y es que creemos que el desgraciado micho se ha escapado de la caja pues pareciera que aún no ocurre nada. Con esto, no solo arruinó el famoso experimento del señor, sino que también nos puso en riesgo a todos de que el gas venenoso nos mate de inmediato si el mecanismo se activa, algo que por cierto ya sucedió mientras todos esperamos que no suceda.

El alivio es que, como no lo sabemos a ciencia cierta, no podemos estar seguros si ya fue así o todavía no lo es. Y seguro seguiríamos tan campantes como antes, si no fuera porque esta condición de zombificación es inaguantable un segundo más; siempre resultará más confortante saber con certeza si se está vivo o muerto, pero jamás ambas al mismo tiempo. Es porque entiendo el terrible sufrimiento ante esta incertidumbre que ahora voy a su encuentro. (Apenas lo tenga entre mis manos lo voy a…).

Mi búsqueda me llevó hasta la calle Moëbius en donde está la famosa barbería “Russell”. Una vez allí, decidí hacerme un buen corte aprovechando que estoy fuera de toda paradoja. Mientras mis cabellos caían con la pesadez de lo liviano, pregunté por el desaparecido:

—Ayer, justamente —contestó el barbero, —cuando estaba cavilando sobre mi próxima certera muerte, escuché pasar a un gato. Iba el pobre animal muerto de miedo; corría como si la vida se le fuera en ello. Podría asegurar que por continuar vivo, ya estaba muerto de ansiedad, por lo que supongo que es el mismo que buscas. De verlo, no lo vi, pero por escucharlo casi podría asegurar que sí lo he visto.

Reflexioné un poco: estás cuestiones de lógica y mecánica cuántica siempre me han resultado un tanto engorrosas para aclarar.

—Entonces, ¿lo vio o no lo ha visto?

—Si y no. Las dos al mismo tiempo pero sin poderte asegurar ninguna con certeza, claro está.

Una vez concluido el servicio, agradecí, pagué y me retiré con la completa incertidumbre de si ya tenía la certeza absoluta de saber el paradero del felino. A la distancia pensé en el barbero: hay oficios que, de ser inofensivos, pasan por azares del destino y decisiones humanas, a ser altamente peligrosos. Tal es el caso de este tipo que está a punto de perder su vida por ser quien es y al mismo tiempo, por ser quien nunca ha sido. ¡Pobre hombre!

Seguí andando hacia donde mi intuición indicaba que andaría el micho. En mi camino encontré a 3 palomas que compartían 2 agujeros en el suelo: todas ellas cabían exactamente sin que ninguna sobrara de tal forma que quedaba una sola en cada espacio vacío. Algo muy obvio.

Repetí la pregunta de mi búsqueda:

La primera, que estaba dentro de un agujero, habló así: —El gato seguramente regresó al laboratorio pues se sentía solo y solo quizo salir un momento para ya no estar solo; una vez que ya no estuvo solo, solo regresó a estar solo de nuevo. Lo sé porque es muy obvio.

La tercera, que estaba dentro del otro agujero, también participó: —Eso es falso: el gato sigue todavía dentro de la caja. ¿Acaso ya revisaron abriéndola? ¿No, verdad? ¿Lo ves? Eso solo puede significar una cosa: el felino intentó escapar pero nunca lo hizo.

Entonces la segunda, que era la paloma que estaba dentro de ambos agujeros y fuera de ellos al mismo tiempo, sentenció rotunda: —Ambas afirmaciones son falsas y a la vez verdaderas, tal como lo es tu gato. El animal sigue tal cual lo dejaron la última vez, sin embargo es la percepción de todos ustedes la que cree que escapó pues aparentemente no sucede nada allá dentro. El problema es que jamás lo sabrán hasta abrir la caja y así echar a perder el experimento, tal como creen que ya sucedió ahora mismo a pesar de que no lo han hecho.

Esta última respuesta, tan definitiva y tan ambigua a la vez, concluyó por completo mi búsqueda: a pesar de no haberlo encontrado aún, ya no había a quien buscar. Fue cuando decidí volver, con el convencimiento absoluto de que el gato sigue adentro del experimento, mitad vivo mitad muerto. Aunque cabe la posibilidad de que también haya escapado, lo que provocaría que el gato estuviera y a la vez no, multiplicando así las posibilidades de manera exponencial.

Desde entonces, el maullido único de una multitud de gatos atrapados en las infinitas posibilidades de esta realidad, nos comprueban que nuestro gato se ha multiplicado y ahora es uno y todos a la vez.

 

 

Finalista y seleccionado para la Memoria literaria del Séptimo Concurso Internacional de Relatos de inspiración científica “Inspiraciencia 2017” convocado por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Delegación Catalana) (CSIC), el Instituto de Ciencia de Materiales de Barcelona (ICMAB) y la Red de Unidades de Cultura Científica (UCC) (España) además de publicado en su web http://www.inspiraciencia.es.

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