Risuka (cuento)

Afuera de la oficina de la directora, un chico espera resignado su sentencia. Todo estaría en completo silencio si no fuera por el sonido martilleando del reloj de pared. El adolescente se balancea en su silla tratando de matar el tiempo. Y enfrente de él, la terrible arma que usó para atacar a un compañero todavía sigue manchada con la sangre de su atrocidad. Varios maestros y maestras lo vigilan. ¡No vaya a ser que se le ocurra hacer otra tontería más! ¡Uno nunca sabe! Y es que, quién sabe qué les sucede a los muchachos de ahora.

La directora pide al muchacho y al comité acusador que pasen. Una de las maestras testigo explica de manera escueta lo sucedido. Luego todos salen del cubículo para darles privacidad a la autoridad y al chico a la hora de hablar. Pero no se alejan demasiado. ¡No vaya a ser que ocurra una nueva desgracia! ¡Por Dios! Estos muchachos de hoy en día  no tienen remedio. Pero, ¿qué podemos hacer los adultos? ¡Nada! A nosotros ya nos tocó vivir la vida, y bien que mal, hicimos lo mejor que pudimos. De verdad.

Lo primero que hace la directora, es poner la navaja en un lugar bastante alejado del chico. Y da inicio el interrogatorio…

—Así que atacaste a un compañero con tu navaja. ¿Sabes que pudiste haberlo matado? ¡Por suerte, solo le hiciste una cortada que no resultó mortal! Ese chico va ahora hacia el hospital en mal estado. ¿Tienes una idea de lo que sentirán sus padres en cuanto se enteren? ¡No dudo que quieran meterte a la cárcel!… ¿Acaso no te importa lo que está sintiendo tu compañero? Te pregunto porque veo que desde que llegaste aquí, no has quitado esa sonrisa burlona de tu cara, jovencito.

Con esas palabras, el chico deja de sonreír. Pero no contesta.

—No eres muy dado a la introspección, ¿verdad?

La directora hace una pausa para que el muchacho analice la palabra. Tal vez esa palabra ni siquiera forme parte de su vocabulario. Pero descubre al muchacho esquivando su mirada, por lo que se da cuenta que sí la entendió. Espera unos segundos más antes de proseguir con firmeza:

—¿Sabes que las personas que se conocen a sí mismas pueden decidir con mayor certeza las opciones de vida que se les presentan? ¡Y ser encarcelado a tu edad es una pésima elección!

El chico sonríe nuevamente; incluso ahora asiente con la cabeza en una abierta actitud de reto. La directora llega a su límite:

—Me gustaría ver tu cara si alguien se burlara de ti como tu lo haces en este momento.

El chico explota. La directora ha dado en el blanco:

—¡Para que lo sepa, ya toda la maldita escuela se burló de mí!

—¿Toda la escuela?

—¡Sí, toda la escuela!… Mis compañeros, los profesores, ¡y hasta usted, maestra!

Esto deja fría a la directora: no se esperaba una respuesta así.

—¿Por qué sientes que todos nos burlamos de ti?

—¡Porque no hicieron nada!… ¡Y como nadie le hizo nada a ese estúpido, pues siguió molestándome! ¡Total! ¿Qué iba a perder? ¡Nada! ¡Por eso yo mismo tuve que hacer algo! —el chico llora de rabia con ambos puños bien cerrados. Baja la cabeza. Tiembla. Luego de unos segundos dice con voz entrecortada: —Por eso le di el navajazo… ¡No pensaba seguir soportándolo!

La directora duda unos instantes antes de seguir. Todo puede complicarse si no sabe cómo llevarlo, pero ese chico requiere apoyo, y no piensa dejarlo abandonado con su problema. Ahora ella empieza a recordar los antecedentes del otro muchacho.

—Dices que no hicimos nada. Según tu, ¿qué debimos hacer?

—¡Expulsarlo como la primera vez! ¡Pero ahora para siempre: no sólo tres mugrosos días! ¡Para que dejara de molestarme!

El sentenciado se levanta las mangas del uniforme escolar y le muestra a la directora unas horribles cicatrices en sus muñecas: alguien se ha dedicado a cortarlo con verdadera saña.

—¡Mire! ¡Mire lo que me hizo, ese desgraciado!

La directora se echa hacia atrás horrorizada. Eso, definitivamente, no lo sabía. Ahora siente que este caso empieza a salírsele de las manos.

—¿Todo eso te lo hizo él? —pregunta francamente horrorizada.

—¿Usted qué cree?… ¡Ni modo que me haya cortado yo sólo!

La directora ahora recuerda vívidamente los antecedentes de estos dos muchachos: su enfrentamiento viene desde tiempo atrás; inclusive antes de que ella llegara a esta escuela, hace apenas dos meses. Este laberinto empezó desde la administración anterior.

—Sí, me acuerdo muy bien de eso. Sólo que a mi lo que me reportaron, es que tu mismo te habías infringido esas cortadas.

—¿Qué? ¡Ay, por favor, cómo se le ocurre…! ¿Y seguro usted les creyó semejante tontería, verdad?

La directora duda unos instantes si los maestros no tergiversaron la información de alguna manera. Pero recordando en cuál equipo está, decide apoyarlos. Otra vez lleva al muchacho hasta el límite para buscar la verdad detrás de todo esto:

—Yo creo que la verdadera tontería aquí, es que tu mismo te hayas cortado. ¿En qué estabas pensando mientras lo hacías? ¡Porque no puedo concebir que una persona que se ame a sí misma, se haga daño por gusto! Es lo mínimo que debemos hacer en esta vida: respetarnos y cuidarnos a nosotros mismos. Si no lo hacemos nosotros, ¿entonces quién? Por supuesto que siempre hay personas a nuestro alrededor a las que les importamos y que harían cualquier cosa para que no nos pase nada, pero…

En ese momento, el chico vuelve a explotar. Nuevamente, las palabras de la directora dieron en el blanco:

—¡Yo no le importo a nadie! ¡Estoy completamente solo! ¡Ni mis padres me hacen caso!… Ellos preferirían que me muriera…

Ella trata de consolarlo, pero el chico se aleja.

—¿Cómo puedes pensar semejante cosa? Conozco a tus padres y ellos no son de esa clase de personas. Tienes mucha suerte de tener esa familia, no como ese chico al que atacaste. ¿Alguna vez te has puesto en su lugar?

La directora tiene la esperanza de hacer mella en la coraza tan resistente del muchacho. Pero se equivoca. Su comentario consigue el efecto contrario:

—Y usted, ¿tiene una remota idea de lo que es ser molestado todos los días por un imbécil como ese? ¿Y peor aún, que todos los demás lo vean y no hagan nada?… ¿Qué quería que pasara? ¿Quedarme callado hasta que otros también empezaran a molestarme también? ¡Sí, seguro quieren que sea el puerquito de toda la clase, ¿verdad?… ¡Pero no lo permití y mire lo mal que me fue! Lo único que me quedaba era dejar salir todo el dolor por algún otro lado…

La directora le da espacio para que saque todo lo que trae.

—Un amigo al que también le pasa lo mismo me dijo que cuando se golpea contra la pared, se siente menos triste. Y cuando de plano ya está muy enojado, entonces se quema en la estufa; me dijo que eso lo hace sentir mejor. Y aparte se evita problemas. O andarse peleando con estúpidos como ese.

La directora se siente mareada conforme va escuchando todo eso, pero no flaquea.

—Fue entonces que empezaste a cortarte…

El chico responde en voz baja mientras una lágrima resbala lenta por su cara:

—Sí. No sabía qué hacer… Avisé al maestro que él me estaba molestando, pero no hizo nada, así que seguí cortándome. Al menos así no me sentía tan miserable. Sólo pensaba cómo se arrepentirían todos si me muriera de pronto, un día, sin avisar. Y todo porque nadie quiso ayudarme.

La directora teme preguntar, pero lo hace:

—¿Seguiste cortándote?… O sea que, ¿ya lo habías hecho antes?

El muchacho no contesta. Se pone rojo de vergüenza. Y llora. Llora desconsoladamente.

Ella sabe que es mejor no seguir por ahí, pero no puede detenerse ahora que él se ha abierto tanto.

—¿Tienes alguna idea de por qué tu compañero te está molestando?

El chico solloza y vuelve a hablar con lentitud: —Está enojado conmigo porque por mi culpa lo expulsaron 3 días.

—Sí, me acuerdo de eso. Él volvió un día después de que yo llegué, pero nadie me dijo por qué se le había expulsado…

Ella se queda en silencio un momento, esperando una respuesta que nunca llega. En cuanto descubre que vuelve a aparecer la sonrisa burlona del acusado, contraataca:

—¿Sabes algo? Vivir en una sociedad como la nuestra, tan llena de filosofías falsas y mensajes banales todo el tiempo martilleando nuestras mentes, muchas veces nos limita a reconocernos como las personas únicas que somos; entonces, empezamos a imitar patrones de conducta y roles que no nos pertenecen. Tal como tu lo hiciste: eso  es como tratar de vivir la vida de alguien más, es como si…

—¡Lo expulsaron porque le eché la culpa de haberme cortado! ¿Ya está conforme?

—¡Qué curioso! Ahora resulta que tu hiciste que lo expulsaran mientras él era inocente. ¿Y entonces qué esperabas tú, que él se quedara con los brazos cruzados? No estoy a favor de que alguien moleste a otra persona, pero como yo lo veo, aquí el abusador inicial eres tu.

—¿Yo? ¿Cómo se le ocurre semejante estupidez?

—¡Más respeto, muchachito! ¡No voy a permitir que…!

—¡Claro! ¡No va a permitir que yo le hable mal, pero por supuesto que permitió que a mi me estuvieran golpeando!, ¿verdad?

Eso definitivamente dolió. Ahora el chico es quien dio en el blanco certeramente.

—¡Él empezó a molestarte porque tu hiciste que lo expulsaran sin razón alguna! ¡Lo llevaste al límite, era lógico! ¡Yo no sé cuántas cosas más le hayas hecho antes!

Los ánimos ya hirvieron y ambos han perdido los estribos. Y es que el tema no es para menos.

—¿Yo? ¡Pero si él fue el que primero empezó a molestarme!  ¡Todos los malditos días me aventaba, o me escupía, o me decía de groserías en frente de todo el mundo!… Fue cuando le dije al maestro y no me hizo caso. Entonces traté de detenerlo, ¿pero sabe qué pasó? ¿Sabe qué ocurrió? ¡Empezó a golpearme peor! ¡Y enfrente de todos! ¡Si hasta le aplaudían y lo grababan para subirlo a internet! ¡Y nadie hizo nada! ¡Ni los maestros siquiera!… Entonces empecé a cortarme. Al principio lo hacía sólo para sentirme mejor, pero después empezó a gustarme cómo se sentía: el dolor, la angustia; se sentía bien. Al menos así no pensaba en lo que estaba pasando en la escuela. Fue cuando se me ocurrió enseñárselo a él, para que viera lo que estaba provocando.

La directora ya no sabe qué pensar. Esta situación se volvió una locura; ya no es algo fácil de resolver. Cuando ella vuelve de su trance momentáneo, vuelve a descubrir al acusado riéndose un poco antes de seguir.

—¡Hubiera visto su cara! ¡Parecía que había visto un fantasma!… ¡Sí, ya sé que debí detenerme ahí! ¡Pero lo hubiera visto! Y es que por primera vez yo tenía el control, y él estaba asustado, tal como yo lo estuve antes. Entonces me seguí cortando para molestarlo. Para asustarlo más…

Hizo una pausa antes de continuar con su macabro relato:

—No sé cuándo se me ocurrió decir que había sido él quien me había estado cortando, pero era una buena forma de vengarme de todo lo que me había hecho. Y entonces, extrañamente, todo funcionó: lo expulsaron tres días. ¡Fue maravilloso!, ¿sabe? Nadie me molestaba: podía estar donde yo quisiera, y hacer todo sin pensar si alguien me iba a golpear por eso. Pero entonces, él regresó. Y como ya se lo ha de imaginar, empezó a desquitarse conmigo de nuevo. Sólo que ahora con más odio que antes. ¡Una vez me golpeó hasta que me tiró un diente! ¡Mire! —el muchacho muestra un espacio vacío en sus encías.

La directora está aterrada con todo lo que escucha.

—Sólo las cortadas me hacen sentir bien. Y cuando eso no es suficiente, puedo pegarme, o arrancarme el cabello, o quemarme con la estufa. Hay muchas maneras para no sentir nada.

—Pero eso puede matarte… —agrega en voz baja la directora.

—No, lo tengo controlado…

—¿Seguro? A mi no me parece así.

El chico esquiva su mirada: sabe a lo que ella se refiere, por lo que sigue hablando:

—Eso fue un error: siempre lo había podido controlar, pero ese día estaba más nervioso que de costumbre. Fue por eso que la semana pasada me llevaron al hospital. Dicen que me estaba desangrando. ¿Pero sabe qué es lo peor de todo?… ¡Que me hizo sentir mucho mejor! ¡Al fin tenía la atención de todo el mundo! Así que no iba a desaprovechar la oportunidad: volví a acusarlo de que él me había cortado. ¿Pero qué cree que pasó? ¡Que los chismosos de mis padres soltaron toda la sopa! Y obvio, ¡nadie me creyó! Entonces él, se dio cuenta de que no le iban a hacer nada, y obvio, me siguió golpeando peor que antes… ¿Se da cuenta, maestra? ¡Todo lo que pasó es por su culpa! ¡No fui yo! Yo sólo me harté de todas sus estupideces… ¡Fue cuando decidí hacerle daño en serio, maestra!

La directora se queda en silencio.

No alcanza a comprender cómo es que los seres humanos logramos crear laberintos tan complicados alrededor de nuestras vidas. Si fuéramos capaces de darnos cuenta con qué apoyos contamos en nuestra vida, a quienes verdaderamente les importamos, y qué es lo esencial de estar aquí en este mundo, quizás las cosas serían muy diferentes. Pero esa falta de introspección, esa carencia de conocernos a nosotros mismos, tanto aislamiento que día a día creamos, nos está llevando a esta locura.

Ahora con verdadero temor y pensando con calma cada una de sus palabras, la directora se dirige al muchacho:

—Disculpa que te lo pregunte de nuevo, pero, ¿tienes idea de por qué él empezó a molestarte desde la primera vez, antes de que todo lo que me cuentas pasara?

La respuesta resulta más increíble de lo que esperaba.

—Sí… Verá, él es mi vecino, y nos conocemos desde que éramos niños. Fuimos amigos de toda la vida. Hasta que una noche yo venía regresando de la tienda y vi cómo su padre lo estaba golpeando en el patio… ¡No sé por qué, pero no pude dejar de mirar! ¡Sentí horrible por él, pero no se me ocurrió hacer nada y me quedé ahí como estúpido mirando cómo le pegaba!… Entonces su papá se metió y él se volteó llorando. Fue cuando descubrió que yo estaba ahí, mirándolo como un idiota. Creo que eso lo hizo enojar mucho. A lo mejor le dio vergüenza, no lo sé. Lo único que sé, es que desde ese día, no ha dejado de molestarme.

 

 

Ganador en la Convocatoria Internacional del Programa “Difusión de la Producción Literaria” para publicar una Antología de Narraciones con un Enfoque Social organizada por la Universidad Iberoamericana León, Guanajuato-México (Ibero León), a través de su Consejo Editorial y su Centro de Formación Cultural (México).

 

Ganador como décimo segundo seleccionado del derecho a ser parte de la antología del Primer Concurso Relato Corto SFP – ITM organizado por C.I. San Fernando Plaza y la Institución universitaria Instituto Metropolitano ITM a través del Fondo Editorial ITM (Colombia).

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