Practica lo que predicas (cuento)

(Verdadero Manual de Subordinación Política)

 

I

Enrique y Camilo se quedaron de ver a las tres de la tarde en punto: ya pasaban de las cuatro y Camilo no llegaba aún. Enrique miró su reloj por centésima vez, desesperado. Cuando Camilo llegó, ni siquiera se disculpó, se limitó a comentar alrededor de la puntualidad mexicana:

—Seguro el mitin se retrasa también, ¡por todos lados hay un pinche tráfico del demonio!

Esa fue la primera desilusión de la tarde: si querían cambiar el rumbo del país, había que estar completamente comprometidos.

—¿Ya tienes todo listo? —preguntó el irresponsable.

—¡Por supuesto, pendejo! Si no soy tu… —le respondió Enrique hecho una furia: —¡Ya vámonos, cabrón!

De camino al punto de reunión, Camilo nuevamente hizo aquella torpe alusión a que con ese nombrecito, su amigo iba a ser la comidilla del grupo. Enrique se lo había escuchado una veintena de veces y ninguna le hizo gracia.

Cuando llegaron a la plaza, Enrique descubrió la segunda desilusión de esa tarde. Camilo tuvo razón: el mitin aún no empezaba, a pesar de llevar ya más de una hora de retraso. Se rumoraba que dos de los líderes habían llegado cayéndose de borrachos y se estaban bajando la peda en una fonda cercana con el clásico tratamiento a base de chilaquiles excesivamente picosos.

Enrique empezaba a descubrir que el compromiso en esos días no era igual al de unos meses atrás cuando todos vociferaban burlones que el presidente era un burro de tal magnitud que no había podido leer ni tres pinches libros en toda su vida. ¡Era indignante!

“Todo esto le va a costar muy caro al país más adelante… ¡Si no nos ponemos las pilas, vamos a pasar otros seis años bien jodidos!”, pensó Enrique muy incómodo.

 

II

Enrique llegó dos horas después de lo que su madre le había dado permiso. O sea, demasiado tarde como Camilo, como el par de dirigentes irresponsables, y como el supuesto nuevo despertar mexicano. Aún canturreaba la consigna que más le había gustado durante esa manifestación: “Nuestros gobernantes no son burros, son puros ignorantes”. Y se reía en voz baja cada vez que pensaba en los posibles significados de la frase, aunque todavía no lograba discernirlos por completo.

Apenas entró a la sala, su abuelo inició el regaño:

—¿Por qué hasta ahorita, Enriquito? ¿No podías avisar que ibas a llegar tarde? ¡Tuviste a tu madre preocupada durante más de dos horas!, carajo

Enrique le dio un beso a su mamá sin hacerle caso al viejo.

Su madre lo defendió: —Déjalo, papá, seguro que el mitin duró más tiempo del que esperaban, ¿verdad m’hijito?

—No lo defiendas, Gloria, —estocó el abuelo, —él sabe perfectamente que su deber es avisar si va a llegar tarde. ¡Eso significa ser responsable, Enrique!

—Déjalo, mamá, —contestó el muchacho con desgano, —al abuelo no le importa “la causa”.

Aquí, el viejo realmente explotó:

—¡No estoy criticando “la causa”, chamaco baboso, si no a los manifestantes que se creen los grandes ciudadanos por estar perdiendo el tiempo en las plazas, en lugar de hacer algo más productivo por el país justo ahorita que tanto se necesita!… A ver, Enrique, a propósito de lo que llegaste diciendo: ¿cuántos libros has leído desde que fueron las elecciones? ¡Supongo que más de tres!

El muchacho quedó mudo. No quería (ni podía) contestar semejante pregunta sin quedar como un hablador.

Esa fue la tercer desilusión del día entero. Lo que más rabia le daba era que el maldito vejete tenía razón. Sólo alcanzó a contestarle un “Déjame en paz” ahogado antes de huir a encerrarse en su cuarto.

 

III

El librero junto a su cama le mostraba en forma de libros forrados de polvo todas las razones que su abuelo tenía para criticarlo. Los mismos que nunca se habían movido de su sitio desde que habían llegado a ese librero salvo para entregar “la pinche tarea que esa maldita maestra loca” les había dejado. ¿A quién putas le interesaba la vida de una familia donde todos se llamaban igual? Y luego entre compañeros vociferaron burlones que la maestra era una burra de tal magnitud que solo quería que leyeran pinches libros en toda su vida.

Tumbado en la cama, apretando los dientes por la humillación, Enrique recordó la mañana en que su maestro de Historia les dijo “Qué fácil resulta criticar sin practicar, ¿verdad?”. Aquella mañana todos los alumnos callaron y nadie se burló ni vociferó.

Enrique recordó sus tres desilusiones y explotó. Con todo el coraje que sentía, tomó el primer libro que alcanzó, lo abrió en dos como a una pobre rana a punto de ser diseccionada, y cuando iba a empezar a destriparlo como un desquiciado, se detuvo jadeando: ese era el mismo libro que su padre le había regalado hacía un par de años antes de morir, cuando todavía vivía con ellos. Una sentida dedicatoria se lo recordaba en la primera página del volumen a punto de ser arrancada. Las palabras “…cuando lo leas, entenderás”, fueron más contundentes que todos los discursos, mítines, alegatos y propagandas que habían pasado frente a sus ojos.

Con lágrimas en los ojos, lentamente se sentó en su cama, respiró profundo… Y comenzó a leer.

 

 

Colaboración con la Revista Educere, Número 6, Segunda época a través de la Primera Edición Internacional de su “Premio Educere a la Creación Artística sobre el Tema Educativo. Modalidad Cuento” organizado conjuntamente por la Asociación Mexicana de Pedagogía, A.C. y Editorial CEIDSA (México).

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