Los espacios radiales (cuento)

“En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.”
Jorge Luis Borges, Las ruinas circulares.

Pero, ¿quién le soñaba? Esa era la duda que se arremolinaba en su desgastada mente por la edad, por las culpas de su engendro a la vez soñado por el soñador que alguien alguna vez soñó. Porque la diferencia era que él había tenido contacto con su hijo, y a pesar de haberle infundado el olvido tras el aprendizaje, el cordón umbilical onírico seguía tendido como un cable de conexión permanente entre generaciones, cual puente de no retorno entre límites orgánicos, sin embargo, él no recordaba ni se sentía conectado a ningún orden superior (a pesar de ahora saberse soñado también). ¿Qué era lo que sucedía? ¿Quién (o peor aún, “qué”) lo había soñado? ¿A qué entidad protohumana le interesaría crear un creado capaz de asumir el rol de creador de otro creado de orden inferior?

Mientras los jirones de fuego lo acariciaban, lenguas amables que incluso le hacían sentir placer epidérmico, buscó ahondar en dicha cuestión.

Lo logró sin previo aviso: en medio de la bacanal ígnea se presentaron imágenes oníricas empero tangibles frente a él… Un lugar circular de tríadas de menhires empotrados cual arcos atlánticos; un cementerio focal de piedras apiladas a la mitad de un desierto rojo, un anfiteatro concéntrico donde bestias devoraban a hombres transformados en bestias, un escenario radial donde miles de voces clamaban la derrota de un puñado de hombres por encima de otros tantos fatigados, un recinto paracéntrico donde habita diariamente (pero solo durante lapsos cortos) un maestro de ceremonias y un pequeño público espectador, decorado al fondo con infinidad de trazos de tiza blanca incomprensibles para la mayoría de los presentes…

Algo lo dejó terriblemente agotado. Tantas visiones, tal vez la energía necesaria para crearlas. Cual fuere, el mareo hizo presa fácil de su cuerpo y sin darse cuenta cayó al río. Mientras el elemento más mortal de la existencia (el fuego) no logró más que magrearlo un tanto, el elemento más revitalizador de la vida orgánica (el agua) logró quitarle la suya propia. Murió ahogado irremediablemente. Y con su muerte, la esperanza de enterarse quién lo había soñado.

¿Individuo, Dios o algo más? Podemos llamarle como gustemos: Naturaleza, Universo, Destino, Todo. Incluso hasta nada. Es lo mismo. Y nos sueña a todos, al mismo tiempo, toda la temporalidad existente.

 

 

Finalista y seleccionado para la Antología del Certamen Internacional de Relatos “Fuego” organizado por el blog y Editorial Palabras en Flor (España).

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